VACACIONES:
¿Y ESTE AÑO DÓNDE VAMOS?
“El viajar es un placer que
nos suele suceder…”
"El
auto de papá", Pipo Pescador
La nuestra es una familia con
el culo lleno de formícidos
(hormigas, bah). En cuanto empiezan a sentirse los primeros calorcitos, echamos
mano al “Guía Turística del
Automóvil Club” y nos ponemos
a planificar las anheladas vacaciones. La consigna siempre es la misma: salimos
con la camioneta cargada de porquerías y dormimos donde nos agarre la noche
(tratando, eso sí, de que la noche nos agarre cerca de un hotel medianamente
decente, que tenga algo más que un agujero en el piso para nuestras descargas
fisiológicas).
Poquito a poco fuimos
recorriendo la República Argentina y, algunas veces, hasta nos animamos a
cruzar hacia algún país vecino. Y fuimos acumulando un puñado de anécdotas que
contamos en los asados y los cumpleaños, ante un auditorio de parientes
resignados que ya están hartos de escuchar siempre las mismas boludeces.
TANDIL (BUENOS AIRES) – SEXO
A LA CANASTA
Nuestra pareja, como todas,
tuvo un inicio volcánico y terminó en un espectáculo de pirotecnia trucha (bah,
todavía no terminó, cada tanto revienta un petardo o zigzaguea una cañita
voladora). Pero en la época de este sucedido, todavía había ardores memorables,
y después de viajar 360 kilómetros hasta la ciudad de Tandil, teníamos asuntos
urgentes de los cuales ocuparnos.
Nos ubicamos en la mínima
cabaña que esta vez, sí, habíamos reservado, y nos tiramos de cabeza en la
cama, apurados por sacarnos la ropa y retozar felices cual Dios nos trajo al
mundo. El nene apenas caminaba y andaba dando vueltas por ahí sin darse cuenta
de nada (o haciendo como que, con los chicos nunca se sabe). Jamás se nos
ocurrió pensar que el desliz tandilense podía acarrearle al pibe horas y horas
de diván.
Todo transcurría felizmente,
hasta que golpearon la puerta. Y el nene, pobre angelito, la abrió sin ningún
pudor. La dueña de la cabaña entró muy contenta con una canasta llena de
regalitos inútiles y se quedó dura ante el espectáculo erótico que encontró,
mientras nosotros manoteábamos sábanas y puteábamos al nene por lo bajo.
La vieja no volvió a aparecer
en los tres días que duró la mini vacación tandilense. Cuando nos fuimos, la
llave de la cabaña, se la tiramos por debajo de la puerta.
VOLCÁN LANÍN (NEUQUÉN) – PARA
ENAMORARSE BIEN HAY QUE VENIR AL SUR
Los años pasaron y, con los
años, también pasaron las urgencias y los ardores. Las que siguieron
intactas fueron las ansias vacacionales.
La anécdota que paso a
relatar no tiene nada de espectacular, pero grafica lapidariamente como cambian
las parejas con el paso del tiempo.
Volcán Lanín. Bellísimo.
Imponente. Y yo que quiero sacar una foto.
-¡Pará, pará, que quiero
sacar una foto! -digo revoleando el estuche de la Nikkon (el que maneja siempre es mi
marido, porque yo nunca aprendí).
-Sacala y dejate de joder.
(Vale acotar que el ambiente ya estaba caldeadito porque veníamos parando cada
dos kilómetros para que el nene vomitara).
Me bajo de la camioneta, saco
la foto y, cuando quiero guardar la cámara, me doy cuenta de que en el revoleo
perdí la “tapita” del lente.
-¡Perdí la “tapita”, perdí la “tapita”!
-Siempre la misma boluda
desordenada vos. ¿Tanto apuro tenías en sacar la foto? ¿El volcán se iba a ir?
-No, no se iba a ir, pero
había una nube…
-¡Qué nube ni qué nube! ¡Sos
una despelotada y nunca más te compró nada!
A esta altura, yo ya me había
puesto a llorar.
La “tapita” la encontré y el encule por el
entredicho me duró tres días.
¡Qué lindo lugar San Martín
de los Andes! Pero no vuelvo más.
EL DIQUE DE ULLUM (SAN JUAN)
– SIEMPRE LLEGARÁS A ALGUNA PARTE, SI ANDAS LO BASTANTE
A pesar de los quilombos
conyugales, seguimos paseando, que el culo está para moverlo. Llegamos cierta
vez a una San Juan abochornada y quisimos, naturalmente, conocer el Dique de
Ullum. Como dije antes, vamos para todos lados con la “Guía Turística del
Automóvil Club”, que tiene
unos mapitas divinos que para mí son chino básico.
Leía yo tranquilamente una
novela de Stephen King (infaltable en mis vacaciones), cuando mi marido me pasó
el mentado mapita y me gruñó como sólo él sabe hacerlo: “Fijate por dónde
tengo que agarrar”. Mi marido
le pide peras al olmo y mandarinas a los surtidores de las estaciones de
servicio.
Con el mapa en la mano, y sin
tener ni la mínima idea de dónde quedaban ni el norte ni el sur (siempre fui
una desbrujulada) empecé a dar indicaciones que hubieran mareado al Gato de Cheshire de Alicia en el País de
las Maravillas. En resumen,
el famoso gato estaba equivocado cuando lanzó su clásica frasecita: "¡Oh! Siempre llegarás
a alguna parte, si andas lo bastante”. Nosotros anduvimos y anduvimos (¡hasta pasamos dos y tres
veces por el mismo lugar!) y el Dique de Ullum no apareció nunca.
-Vos para lo único que
servís es para leer boludeces -sentenció mi maridito, siempre tan amoroso él.
Eso sí, a la noche nos
tomamos un buen vino y tuvimos la fiesta en paz.
ANILLACO (LA RIOJA)
-¡SIGANME, QUE NO LOS VOY A DEFRAUDAR!
El día que llegamos a La
Rioja, yo empecé a romper las pelotas con que quería conocer “La Rosadita”. ¿Para qué? ¡Qué se yo! Nunca fue
menemista ni nada que se le parezca, pero me encajeté con que quería ir a
Anillaco, así que para allá fuimos, mis hombres suspirando y yo contenta como
unas Pascuas.
“La Rosadita” es una mansión enorme y muy bella, y Anillaco es un pueblito donde
deben vivir 15 personas (eso sí, gracias “al Carlos”, tienen pista de aterrizaje).
Antes de irnos de Anillaco,
mi marido y yo entramos a un bolichito pintoresco a comprar aceitunas (las
riojanas son las mejores) y alguna que otra cosita y terminamos cada uno con un
bombo en la mano, el mío con un dibujo “del Carlos” y el de él, con uno “del Carlos y la
Cecilia” (porque “del Máximo” todavía no tenían), posando para una
foto que quedará para vergüenza de las generaciones futuras.
IRUYA (SALTA) – Y EL GALLO
CANTÓ TRES VECES
Iruya es un pueblito salteño
adorable, ubicado a 2780 metros sobre el nivel del mar, en los faldeos orientales de la Sierra
de Santa Victoria. Llegamos recorriendo un camino de cornisa que le pondría los
pelos de punta a más de un valiente. Encima, estaba nublado, lo que nos
complicó bastante el trayecto. “Nadie pasó a través
de una nube y vivió para contarlo”, dijo
mi hijo, cuando atravesábamos unos cumulonimbos amenazantes, mi marido con cara
de tragedia inminente y yo cruzando los dedos. Los dos lo miramos con odio,
pobrecito.
Pero al fin, llegamos.
Recorrimos Iruya (que tampoco había tanto para recorrer) y me enamoré del
lugar. Para ese entonces, yo
todavía creía que la docencia era un sacerdocio y, alucinada como si me hubiera
fumado el submarino amarillo entero, me quería quedar a vivir ahí, ya que en la
Municipalidad, cuando llenamos unas fichas con nuestros datos, nos dijeron que
hacían falta maestros.
Tarde nos percatamos de que
había anochecido y era imposible volver sobre nuestros pasos. Por lo tanto
tuvimos que buscar un lugar donde quedarnos hasta la mañana siguiente.
No había hotel y la única
pensión del pueblo estaba abarrotada de pendejos con mochilas y aire hippie.
Así que terminamos durmiendo en la casa de una coya amabilísima, que nos
alquiló dos camas a $7 cada una (una cama en un hotel salía, por lo menos,
$70). La casita, humilde y con piso de tierra apisonada, estaba reluciente como
el nido del hornero. Pero dormir, no dormimos. A mitad de la noche, un pariente
despistado de la coya que no sabía que había huéspedes, se metió en la
habitación como Pancho por su casa (¡menos mal que el tiempo había atemperado
nuestros ardores sexuales!). Y el puto gallo de la vieja empezó a cantar a las
3 de la mañana y no paró hasta las 7.
Divino Iruya, pero prefiero
un reloj despertador.
GLACIAR PERITO MORENO (SANTA
CRUZ) - ¿ARE YOU OKEY?
La caminata sobre el glaciar
Perito Moreno es una experiencia inigualable. La hicimos con un contingente de
yankees con aspecto de yankees: ropa extravagante y ridícula y bolsillos
abultados por los dólares. Y, cuando la caminata concluyó, los guías nos
agasajaron con whisky on the rocks, servido sobre trozos de hielo del glaciar y
bombones “Bon-O-Bom”. Parece que los Yankees tienen muchos
dólares y pocas golosinas, porque uno de ellos (el amigo Bobby o Johnny o cómo
mierda se llamaba) se tiró de cabeza en la bandeja, cayendo estrepitosamente
(no hay que olvidar que el hielo resbala) y arrastrándome en su caída.
Yo la saqué barata, pero el
viejo se dio un flor de golpe.
-¿Are you okey? –fue lo único
que atiné a preguntar. Y, la verdad, no hubiera podido preguntar otra cosa. Dos
años de inglés no me dan para más.
CUEVA DE LAS BRUJAS (MENDOZA)
– NO APTO PARA CLAUSTROFÓBICOS
Estábamos en San Rafael,
Mendoza, y otra vez empecé a romper las pelotas con uno de mis antojos: quería
ir la Cueva de las Brujas, en Malargüe. Cabe
acotar que era nuestro último día en Mendoza y Malargüe queda a unos 250
kilómetros de San Rafael. Tanto insistí que mi marido accedió a llevarme, eso
sí, con la cara hasta el piso.
Me porté todo el viaje como
una señorita inglesa. Cuando llegamos a la Municipalidad de Malargüe, tuvimos
que llenar una ficha con nuestros datos y nos informaron que el descenso a la
cueva no era apto ni para niños pequeños, ni para mujeres embarazadas, ni para
claustrofóbicos. ¡La puta madre! ¡Soy claustrofóbica!
Mi marido me echó una mirada
tipo mal de ojo, sospechando que iba a recular y que el viaje había sido al
pedo, pero no le di el gusto. Hice la excursión como pude, sin quejarme ni una
sola vez. Eso sí, todos salieron de la cueva cagados de frío y con toda la ropa
encima, y yo, casi en bolas. Es que cuanta más ropa tenía encima más aumentaba
mi sensación de asfixia, así que a lo largo del periplo subterráneo fui
haciendo un “strip-tease” improvisado que reíte del caño de
Tinelli.
Podría seguir contando
pavadas como éstas ad
infinitum. Estuve en Cariló
y, como era la única morochita que yiraba por ahí, tuve miedo de que alguien me
encajara una escoba y me obligara a barrer el Centro Comercial. Estuve en
Villazón, Bolivia, y los lugareños casi me linchan porque les saqué una foto.
Estuve en La Serena, Chile, y mi hijo se insoló…
Me agarré de los pelos con mi
marido alrededor de 500 veces.
¡Pero qué lindas son las
vacaciones!

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