jueves, 20 de enero de 2011

VACACIONES: ¿Y ESTE AÑO DÓNDE VAMOS?


 VACACIONES: ¿Y ESTE AÑO DÓNDE VAMOS?

“El viajar es un placer que nos suele suceder…” 
"El auto de papá",  Pipo Pescador

La nuestra es una familia con el culo lleno de formícidos (hormigas, bah). En cuanto empiezan a sentirse los primeros calorcitos, echamos mano al “Guía Turística del Automóvil Club” y nos ponemos a planificar las anheladas vacaciones. La consigna siempre es la misma: salimos con la camioneta cargada de porquerías y dormimos donde nos agarre la noche (tratando, eso sí, de que la noche nos agarre cerca de un hotel medianamente decente, que tenga algo más que un agujero en el piso para nuestras descargas fisiológicas).
Poquito a poco fuimos recorriendo la República Argentina y, algunas veces, hasta nos animamos a cruzar hacia algún país vecino. Y fuimos acumulando un puñado de anécdotas que contamos en los asados y los cumpleaños, ante un auditorio de parientes resignados que ya están hartos de escuchar siempre las mismas boludeces.

TANDIL (BUENOS AIRES) – SEXO A LA CANASTA

Nuestra pareja, como todas, tuvo un inicio volcánico y terminó en un espectáculo de pirotecnia trucha (bah, todavía no terminó, cada tanto revienta un petardo o zigzaguea una cañita voladora). Pero en la época de este sucedido, todavía había ardores memorables, y después de viajar 360 kilómetros hasta la ciudad de Tandil, teníamos asuntos urgentes de los cuales ocuparnos.
Nos ubicamos en la mínima cabaña que esta vez, sí, habíamos reservado, y nos tiramos de cabeza en la cama, apurados por sacarnos la ropa y retozar felices cual Dios nos trajo al mundo. El nene apenas caminaba y andaba dando vueltas por ahí sin darse cuenta de nada (o haciendo como que, con los chicos nunca se sabe). Jamás se nos ocurrió pensar que el desliz tandilense podía acarrearle al pibe horas y horas de diván.
Todo transcurría felizmente, hasta que golpearon la puerta. Y el nene, pobre angelito, la abrió sin ningún pudor. La dueña de la cabaña entró muy contenta con una canasta llena de regalitos inútiles y se quedó dura ante el espectáculo erótico que encontró, mientras nosotros manoteábamos sábanas y puteábamos al nene por lo bajo.
La vieja no volvió a aparecer en los tres días que duró la mini vacación tandilense. Cuando nos fuimos, la llave de la cabaña, se la tiramos por debajo de la puerta.

VOLCÁN LANÍN (NEUQUÉN) – PARA ENAMORARSE BIEN HAY QUE VENIR AL SUR

Los años pasaron y, con los años, también pasaron las urgencias y los ardores.  Las que siguieron intactas fueron las ansias vacacionales.
La anécdota que paso a relatar no tiene nada de espectacular, pero grafica lapidariamente como cambian las parejas con el paso del tiempo.
Volcán Lanín. Bellísimo. Imponente. Y yo que quiero sacar una foto.
-¡Pará, pará, que quiero sacar una foto! -digo revoleando el estuche de la Nikkon (el que maneja siempre es mi marido, porque yo nunca aprendí).
-Sacala y dejate de joder. (Vale acotar que el ambiente ya estaba caldeadito porque veníamos parando cada dos kilómetros para que el nene vomitara).
Me bajo de la camioneta, saco la foto y, cuando quiero guardar la cámara, me doy cuenta de que en el revoleo perdí la “tapita” del lente.
-¡Perdí la “tapita”, perdí la “tapita”!
-Siempre la misma boluda desordenada vos. ¿Tanto apuro tenías en sacar la foto? ¿El volcán se iba a ir?
-No, no se iba a ir, pero había una nube…
-¡Qué nube ni qué nube! ¡Sos una despelotada y nunca más te compró nada!
A esta altura, yo ya me había puesto a llorar.
La “tapita” la encontré y el encule por el entredicho me duró tres días.
¡Qué lindo lugar San Martín de los Andes! Pero no vuelvo más.

EL DIQUE DE ULLUM (SAN JUAN) – SIEMPRE LLEGARÁS A ALGUNA PARTE, SI ANDAS LO BASTANTE

A pesar de los quilombos conyugales, seguimos paseando, que el culo está para moverlo. Llegamos cierta vez a una San Juan abochornada y quisimos, naturalmente, conocer el Dique de Ullum. Como dije antes, vamos para todos lados con la “Guía Turística del Automóvil Club”, que tiene unos mapitas divinos que para mí son chino básico.
Leía yo tranquilamente una novela de Stephen King (infaltable en mis vacaciones), cuando mi marido me pasó el mentado mapita y me gruñó como sólo él sabe hacerlo: “Fijate por dónde tengo que agarrar”. Mi marido le pide peras al olmo y mandarinas a los surtidores de las estaciones de servicio.
Con el mapa en la mano, y sin tener ni la mínima idea de dónde quedaban ni el norte ni el sur (siempre fui una desbrujulada) empecé a dar indicaciones que hubieran mareado al Gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas. En resumen, el famoso gato estaba equivocado cuando lanzó su clásica frasecita: "¡Oh! Siempre llegarás a alguna parte, si andas lo bastante”. Nosotros anduvimos y anduvimos (¡hasta pasamos dos y tres veces por el mismo lugar!) y el Dique de Ullum no apareció nunca.
-Vos para lo único que servís es para leer boludeces -sentenció mi maridito, siempre tan amoroso él.
Eso sí, a la noche nos tomamos un buen vino y tuvimos la fiesta en paz.

ANILLACO (LA RIOJA) -¡SIGANME, QUE NO LOS VOY A DEFRAUDAR!

El día que llegamos a La Rioja, yo empecé a romper las pelotas con que quería conocer “La Rosadita”. ¿Para qué? ¡Qué se yo! Nunca fue menemista ni nada que se le parezca, pero me encajeté con que quería ir a Anillaco, así que para allá fuimos, mis hombres suspirando y yo contenta como unas Pascuas.
“La Rosadita” es una mansión enorme y muy bella, y Anillaco es un pueblito donde deben vivir 15 personas (eso sí, gracias “al Carlos”, tienen pista de aterrizaje).
Antes de irnos de Anillaco, mi marido y yo entramos a un bolichito pintoresco a comprar aceitunas (las riojanas son las mejores) y alguna que otra cosita y terminamos cada uno con un bombo en la mano, el mío con un dibujo “del Carlos” y el de él, con uno “del Carlos y la Cecilia” (porque “del Máximo” todavía no tenían), posando para una foto que quedará para vergüenza de las generaciones futuras.

IRUYA (SALTA) – Y EL GALLO CANTÓ TRES VECES

Iruya es un pueblito salteño adorable, ubicado a 2780 metros sobre el nivel del mar, en los faldeos orientales de la Sierra de Santa Victoria. Llegamos recorriendo un camino de cornisa que le pondría los pelos de punta a más de un valiente. Encima, estaba nublado, lo que nos complicó bastante el trayecto. “Nadie pasó a través de una nube y vivió para contarlo”, dijo mi hijo, cuando atravesábamos unos cumulonimbos amenazantes, mi marido con cara de tragedia inminente y yo cruzando los dedos. Los dos lo miramos con odio, pobrecito.
Pero al fin, llegamos. Recorrimos Iruya (que tampoco había tanto para recorrer) y me enamoré del lugar. Para ese entonces, yo todavía creía que la docencia era un sacerdocio y, alucinada como si me hubiera fumado el submarino amarillo entero, me quería quedar a vivir ahí, ya que en la Municipalidad, cuando llenamos unas fichas con nuestros datos, nos dijeron que hacían falta maestros.
Tarde nos percatamos de que había anochecido y era imposible volver sobre nuestros pasos. Por lo tanto tuvimos que buscar un lugar donde quedarnos hasta la mañana siguiente.
No había hotel y la única pensión del pueblo estaba abarrotada de pendejos con mochilas y aire hippie. Así que terminamos durmiendo en la casa de una coya amabilísima, que nos alquiló dos camas a $7 cada una (una cama en un hotel salía, por lo menos, $70). La casita, humilde y con piso de tierra apisonada, estaba reluciente como el nido del hornero. Pero dormir, no dormimos. A mitad de la noche, un pariente despistado de la coya que no sabía que había huéspedes, se metió en la habitación como Pancho por su casa (¡menos mal que el tiempo había atemperado nuestros ardores sexuales!). Y el puto gallo de la vieja empezó a cantar a las 3 de la mañana y no paró hasta las 7.
Divino Iruya, pero prefiero un reloj despertador.

GLACIAR PERITO MORENO (SANTA CRUZ) - ¿ARE YOU OKEY?

La caminata sobre el glaciar Perito Moreno es una experiencia inigualable. La hicimos con un contingente de yankees con aspecto de yankees: ropa extravagante y ridícula y bolsillos abultados por los dólares. Y, cuando la caminata concluyó, los guías nos agasajaron con whisky on the rocks, servido sobre trozos de hielo del glaciar y bombones “Bon-O-Bom”. Parece que los Yankees tienen muchos dólares y pocas golosinas, porque uno de ellos (el amigo Bobby o Johnny o cómo mierda se llamaba) se tiró de cabeza en la bandeja, cayendo estrepitosamente (no hay que olvidar que el hielo resbala) y arrastrándome en su caída.
Yo la saqué barata, pero el viejo se dio un flor de golpe.
-¿Are you okey? –fue lo único que atiné a preguntar. Y, la verdad, no hubiera podido preguntar otra cosa. Dos años de inglés no me dan para más.

CUEVA DE LAS BRUJAS (MENDOZA) – NO APTO PARA CLAUSTROFÓBICOS

Estábamos en San Rafael, Mendoza, y otra vez empecé a romper las pelotas con uno de mis antojos: quería ir la Cueva de las Brujas, en Malargüe. Cabe acotar que era nuestro último día en Mendoza y Malargüe queda a unos 250 kilómetros de San Rafael. Tanto insistí que mi marido accedió a llevarme, eso sí, con la cara hasta el piso.
Me porté todo el viaje como una señorita inglesa. Cuando llegamos a la Municipalidad de Malargüe, tuvimos que llenar una ficha con nuestros datos y nos informaron que el descenso a la cueva no era apto ni para niños pequeños, ni para mujeres embarazadas, ni para claustrofóbicos. ¡La puta madre! ¡Soy claustrofóbica!
Mi marido me echó una mirada tipo mal de ojo, sospechando que iba a recular y que el viaje había sido al pedo, pero no le di el gusto. Hice la excursión como pude, sin quejarme ni una sola vez. Eso sí, todos salieron de la cueva cagados de frío y con toda la ropa encima, y yo, casi en bolas. Es que cuanta más ropa tenía encima más aumentaba mi sensación de asfixia, así que a lo largo del periplo subterráneo fui haciendo un “strip-tease” improvisado que reíte del caño de Tinelli.

Podría seguir contando pavadas como éstas ad infinitum. Estuve en Cariló y, como era la única morochita que yiraba por ahí, tuve miedo de que alguien me encajara una escoba y me obligara a barrer el Centro Comercial. Estuve en Villazón, Bolivia, y los lugareños casi me linchan porque les saqué una foto. Estuve en La Serena, Chile, y mi hijo se insoló…
Me agarré de los pelos con mi marido alrededor de 500 veces.

¡Pero qué lindas son las vacaciones!

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