POESÍA DE LUIS ALBERTO SPINETTA
LOS LOCOS
Los locos corren
por el pasto sin gritos
por la pradera venenosa
y por la piel, entre la luna.
Y los locos giran
sin temor al mareo.
De la casa al árbol,
de la ayuda al horror.
Cuando uno de los locos hable,
los cuerdos, retozando en la penumbra,
oirán el ruido
y verán las verdades.
Los locos que parecen aprisionados
por la muerte selecta del escándalo
tienen pechos rugosos
y bordeados de lumbre.
Y los locos lo saben.
Desde su atónito lenguaje,
por intersticios de meninges espectaculares,
los locos se precipitan
a paralizar el mundo de la muerte.
Aunque más no sea,
para sentarse a llorar.
No hay soles en sus días
y en sus noches
sobreviven los colores de un ojo que no los ha deseado.
Por eso,
y porque la ventosa de fuego
rebalsa de temor
ante la fantasía de los sanos;
el obturador de los locos está presto
como una lanza.
Y al perforarnos de una vez
con una certera puntada entre la vida y el cielo?
EL MISERABLE
Desencajados los enormes océanos de tu plegaria a nadie,
discreta palabra,
saludo al éxodo de la virtud.
Dilapidados los lingotes de tu estadio de crucifixiones
saciado el oro en su sed de manos malditas
y arrojado a la turba el guisante de la demencia maestra
bebido tu vino,
ya nada permanecerá en tu corazón.
Sus sentimientos y sus alegorías
se habrán marchado hacia el latir de otro reposo.
¡De entre las brasas de tu albergue
cantarás nuevamente tu canción diabólica!
VOZ DE DIOS
Oigo su gemido de papiro
de suceso que dice
de inabarcable reposo,
de pensamiento.
Y le oigo desde aquí,
desde donde sólo soy su desierto.
Oigole desde el desierto de su alma,
desde la soledad del silencio
y desde las voces de la mía.
Es una flor transparente
murmurada por sus pétalos
y vociferada por su tallo.
Sencilla es su mirada que retorna.
Todos sus colores son la luz que se ahuyenta
y su forma que se corroe.
Más óigole decir innumerables veces:
“Yo soy de otro reino
venid a mí
venid a mí”.
MÁS PELIGROSO QUE
Penetraron inexplicablemente
quince monos en mi habitación.
Comencé a llorar,
a pedir auxilio.
Y mis vértebras hervían.
Uno de los monos tenía un revólver
Y comenzó a disparar.
En menos de un minuto eliminó a los otros catorce.
¡Ahí vi mi aventura!
¡Cómo se deslizaba fatalmente mi suerte!
Luego me habló de la muerte absoluta,
algo con lo que advertí que dañaba mi conciencia.
Me apuntaba mientras tanto
y le supliqué que se fuera.
Pero el mono me disparó a mi también.
Mientras moría,
vi renacer a los simios.
Recobraban la vida rápidamente
y escapaban de mi cuarto.
TU VIDA
No llegues a mí sin pronunciar mi nombre
No te acerques sin que la lluvia te haya besado
Ni los iluminados te hayan respondido
Ni pequeños pájaros azules y verdes hayan volado sobre ti.
Abre la ventana que te acechaba,
Que miraba hacia adentro
y cubría tus ojos de deseos ignotos
(La virtud asomará como una señal en los vitrales),
y al olvidar, al volver,
serás la misma.
Entonces no te acerques sin que cure tu mal.
Y huya tu muerte.
Yo soy tu vida.
Malentiéndeme.
SONETO INTRAUTERINO
Desde el oráculo del vientre abierto se ve una placenta
Es una figura de mármol que adquiere movimiento
Apenas un espejo y un sol parecen los destellos del fondo.
A la vez, una melodía recorre el eco de este espacio.
La naturaleza realiza su descripción
y nosotros emitimos la fe de nuestro secreto
y se sabe que en un suburbio del abismo perlamos nuestro ahogo.
Madre eterna, tu creación es serena.
Es la seda que el tiempo no corrompe
Porque su alma vuela hacia la luz
Porque su corazón se ilumina de magia.
A Grigori Lefimovich Rasputín
Una desesperada mueca ha encontrado el teatrero
en el fondo estaba olvidada
aún sin estar oculta
oscura apenas en el poro de un armiño de la casa.
-¡Ea!, ¿qué saben ustedes?-
espera indolente
recurriendo a la tosca pena del encubrimiento.
Y en su fina boca,
alborotado cerebro prominador,
se dibuja un ancho secreto.
Luego se va.
Ha cerrado nuestra puerta sin conocerle las manos.
Ha posado su duda y ha vuelto a sumergirse.
Es tan blanco en el polvo
como en la nieve sangrienta.
25 de enero/76.










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