KANAMARA MATSURI: FESTIVAL DE FESTIVALES
"Queremos los verdaderos, queremos los penes verdaderos.”
Unas japonesitas cachondas degustando sus chupetines
Los argentinos no
podemos quejarnos de escasez de festivales. De enero a diciembre, el almanaque
está lleno de festividades variopintas: el Festival Nacional de
la Chacarera, el Festival Nacional de la Chaya, el Festival
Nacional de Esculturas de Nieve, el Festival Nacional de
Folklore de Cosquín, el Festival Ciudad Emergente, el Festival
Internacional Buenos Aires Jazz, el Festival Raíz de Gastronomía, sólo
por nombrar algunos. Festivales a los que se suman otras atractivas
jaranas: Fiestas del Cordero, del Salmón, del Durazno, de la Papa, de
la Empanada, del Caballo, de la Chicha, y de casi cualquier cosa que se
coma, beba, coseche, críe o pesque en nuestra bendita tierra. Pero ninguno de
nuestros festivales se puede comparar, ni por asomo, con el sensacional Festival
del Pene de Japón, que gira en torno al Kanamara Matsuri o "Falo
de Metal", que se guarda en un templo de Kawasaki, una ciudad
cercana a Tokio. Una, que durante años creyó que los japoneses eran gente seria
y que en Kawasaki se dedicaban a alguna cosa relacionada con las motos, no
puede dejar de asombrarse ante tal derroche de desparpajo y lujuria. Y no puede
dejar de sentir un cachondo dejo de envidia: una cosa es zamparse una empanada
salteña (muy rica, sí, pero carente de toda connotación erótica) y otra muy
distinta degustar un chupetín con formato peneano.
El Festival
del Falo de Metal es una festividad de origen sintoísta que se
celebra, cada año, para loar a la fertilidad. Como es de suponer, se realiza en
primavera (la estación calenturienta por excelencia), en fechas variables ya
que tiene lugar, cada año, el primer domingo de abril. El pene, erigido en el
protagonista principal del evento, es una presencia constante que caldea el
festejo y aparece en todo tipo de objetos decorativos, vegetales esculpidos,
golosinas y hasta en un mikoshi (esas capillitas portátiles
tan pintorescas que sirven como vehículo a las deidades japonesas cuando salen
a dar una vuelta por el barrio).
El festival se realiza
en las inmediaciones del templo de Wakamiya
Hachimangu, feliz hogar de un pene de proporciones más que interesantes.
Tiene orígenes en el siglo XVII, cuando las prostitutas rezaban allí a
los dioses para que su negocio prosperara y para que las resguardasen de
fastidiosas enfermedades relacionadas con su oficio. Hoy en día, el
Falo de Metal ha extendido sus áreas de protección, y se cree que
salvaguarda no sólo a las trabajadoras sexuales sino también a las parejas
casadas, cuya armonía garantiza (cosa que no deja de tener su lógica ya que un
pene feliz hace a una vagina feliz y ambos hacen a un buen matrimonio). También
simboliza el poder divino que promete éxito en los negocios, protección de los
clanes familiares y buena fortuna en los alumbramientos.
Cuenta una leyenda que
existía en la zona un demonio con dientes afilados que se escondía en la vagina
de una mujer joven (leyenda que hace alusión, como verán,
a la famosa vagina
dentata, presente en los mitos de varias culturas alrededor del
mundo). Parece que, a pesar de semejante fatalidad, la chica se casó dos veces
y en ambas noches de bodas, cuando sus esposos intentaron penetrarla, fueron
brutalmente castrados (se entiende que le pase al primer marido, pero el
segundo es, sin dudas, un caso de diván). Para que la chica pudiera tener una
vida sexual normal y ningún otro japonés perdiera sus partes pudendas de una
forma tan trágica, un herrero bastante avispado (que quizás pretendía a la
chica en cuestión, aunque esto es sólo una especulación de vuestra servidora)
diseño un falo de metal para romper la dentadura del demonio (podrían haber
exorcizado a la piba, también, no quiero ni imaginarme lo incómodo que debe ser
tener un demonio ahí abajo, desdentado y todo). No se sabe si el herrero y la
muchacha profanada por las fuerzas del Averno concretaron
o no, pero esta historia improbable es una de las que dio origen a la veneración
del Falo
de Metal. La otra habla de la diosa Izanami, que
dio a luz al dios del fuego Kagutsuchi y,
como era de esperar con semejante vástago, sufrió graves quemaduras
en el bajo vientre, tras lo cual fue cuidada por los dos dioses protectores de
la fragua que, vaya a saber con qué ladina intención, dieron forma a un pene de
metal (no creo que, después de parir al dios del fuego, con las incomodidades
que esto acarrea, la pobre Izanami estuviera
interesada en un pene, sea cual fuere el material del que estuviera
hecho). Desde entonces, el Falo
de Metal es considerado protector ante las enfermedades
sexuales y favorecedor de los partos sanos.
Hoy en día, en este
colorido festival, los japoneses veneran con gritos de júbilo cuanto falo ande
por ahí. Los más aplaudidos son el clásico Falo
de Metal, razón de ser de esta descocada fiesta, un falo de madera que
desfila por las calles cómodamente instalado en un mikoshi y
un simpático pene rosado, alegremente donado por los empleados de un club de
travestis. La gente come en las calles todo tipo de golosinas con formas
peneanas y algunas japonesas lucen sombreros con forma de espermatozoide
(pagaría por verlos). En el templo se venden remeras con estampados fálicos,
velas y otros souvenirs igual de atrevidos.
Como es de esperar,
este festival caliente atrae a turistas de todo el mundo, incluso compatriotas
que no se conforman con un surubí o una papa, y aspiran a emociones algo más
fuertes. Gran parte de lo recaudado en este lúbrico festejo se dedica investigaciones
orientadas a derrotar el flagelo del SIDA. Oportunamente, se aprovecha la fecha
para concientizar a los festejantes acerca de la prevención de
enfermedades de transmisión sexual.
Lo más curioso de todo
es que los japoneses no suelen ser nada lanzados en cuestiones sexuales. Una
tiende a imaginar que un pueblo que saca a pasear falos gigantes por la calle y
degusta golosinas con forma de pene es más bien desinhibido en lo que a
cuestiones eróticas se refiere. Pero no. Según un estudio del Instituto
de Investigación de Población y Seguridad Social de Japón realizado en
el año 2010, un 36,2 % de los hombres no casados de entre 18 y 34 años
nunca ha tenido relaciones sexuales.
Expuesto ya todo lo
que sé acerca de este festival del que, lamentablemente, no he formado parte,
doy por terminado este opúsculo con un pequeño homenaje al Falo de Metal y a todos sus congéneres, resumido
en esta simpática frase del escritor Frédéric Dard: “El
sexo masculino es de lo de más ligero que hay en el mundo. Un único pensamiento
le levanta.”
Buenas
tardes.

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