HARTAZGO MUNDIALISTA
“O jugamos todos o pinchamos la pelota.” (la pinchamos, la pinchamos)
No es que no me guste el fútbol. No me gusta el deporte. Me parece una absoluta pérdida de tiempo y un embole total. Soy de Boca por inercia. Sé que la pelota es redonda, que la de fútbol es más grande que la de tenis y que los bates de béisbol sirven para que los psicópatas les rompan las cabezas a sus desprevenidas víctimas en las series yankees. No sé si el objeto que usan los rugbiers para desperdiciar horas preciosas en las que podrían estar leyendo a Kundera o armando rompecabezas es una pelota o no, porque redonda no es. Y basta.
Mi aversión a toda actividad física se remonta a mi más tierna infancia, cuando una histérica con colita de caballo y pantalón de gimnasia con tres rayas me hacía saltar en el patio del colegio y mover los brazos como si fueran las aspas de un molino idiota, al alienante ritmo de ese engendro musical intitulado “Gloria”, cuyo mérito excluyente es haber llevado a mi generación a la hartura más absoluta. Gloria faltaba en el aire y a mí me faltaba el aire. Gloria faltaba en el cielo y yo esperaba que se pudriera en el infierno y que Belcebú le pinchara el culo con un tridente. Y las odiaba. A la convulsiva profesora de gimnasia y a la maldita Gloria. Qué tipas tan desagradables.
La tortura atlética, lejos de desaparecer, se intensificó alarmantemente en la escuela secundaria. Los años felices de mi adolescencia se vieron brutalmente agredidos por la presencia de una tipa amenazante, algo así como el Sargento Foley de “Reto al destino” con tetas, que, desatendiendo a mis súplicas y rogativas, me obligaba a jugar al vóley. Me obligaba. Juro que me obligaba. Temerosa de que la irritante pelota hiciera blanco en mí, cada vez que alguien la tiraba para mi lado me corría prudentemente, cosa de que no magullara mi precioso cuerpecito. Porque yo la pelota no la tocaba ni loca. Mis condiscípulas me odiaban y ninguna me quería en su equipo. Tenían razón, pobres. Yo debo haber sido una de las pocas gansas que “se llevó” gimnasia. La di porque me estudié el reglamento del vóley de memoria.
Ingenua de mí, cuando inicié el Profesorado de Nivel Inicial, imaginé que entre las materias a rendir para poder limpiarles los trastes y cantarles “Manuelita la tortuga” a unos cuantos pibitos con formícidos en sus magras humanidades, no estaba Educación Física. Pero me equivoqué fiero. La profesora, de minifalda y stilettos, tenía más pinta de Malena canta el tango como ninguna que de Nadia Comăneci (acaba de caérseme la cédula estrepitosamente). Pero igual nos obligaba a tirarnos unas a otras bolsitas rellenas con arena y a saltar dentro y fuera de los aros que desparramaba en el piso. Parecíamos imbéciles.
De modo particular (y suicida) sólo una vez, atormentada por esa grasa abdominal de la que habla el pavote de Ricardo Arjona, me atreví a pisar un gimnasio. Otra vez salta, salta, salta, pequeña langosta y movete, movete, chiquita movete, pero al ritmo de una canción que no era “Gloria”. Igual era una mierda. Pero no era “Gloria”. A la profesora nunca me acerqué demasiado, porque como soy una paranoica prejuiciosa siempre imaginé que todas las profesoras de gimnasia eran lesbianas. Además, la tipa era poco seria porque tenía las tetas hechas y se supone (bah, yo supongo) que una profesora de gimnasia que se precie tiene que lucir orgullosamente las tetas que consiguió sudando y sudando. Mi aventura gimnástica no prosperó y me alejé de la presunta lesbiana siliconada con la cabeza gacha.
Pero dejemos de lado mis traumáticas experiencias en el campo de la educación física y volvamos al fútbol. El último partido en el que me interesé fue el que disputaron Argentina y Holanda en el Mundial ’78. Ese día todo el mundo estuvo pendiente del partido, aunque hoy la gente de bien niegue haber festejado el triunfo de Argentina (del mismo modo absurdo que niega haber colmado la Plaza de Mayo cuando Galtieri decidió invadir las Malvinas; recuerdo que ese día volvía a mi casa desde lo de una amiga con una pila de LP’s de The Beatles debajo del brazo y tenía terror a que algún patriota exaltado me pegara una trompada por cipaya). Durante el partido, mi hermana, mis amigas y yo nos las pasamos cortando papelitos. Salimos a la calle saltando cuando Argentina ganó. Después de cuatro o cinco saltos (como los que me obligaba a dar la histérica con colita) se acabó mi interés por el fútbol. Así que en el Mundial ’82 lo único que hice fue babosearme un poco con Paolo Rossi; en el Mundial ’86, babosearme un poco con Yannick Stopyra; en el Mundial ’90, babosearme un poco con Paolo Maldini, etc., etc. Como verán, de fútbol no sé un carajo pero de hombres, sí. Algo de atención le presté, en el Mundial ’94, al partido entre Argentina y Nigeria, porque le había apostado a mi patrón de aquel entonces un kilo de masas y una botella de champagne a que ganaba Argentina. Embarazada como estaba era casi un pacman y mi verdadero interés no estaba puesto en el triunfo de Argentina sino en el kilo de masas. Ese mismo año me tocó ver a mi sobrinito llorando a moco tendido por culpa de la efedrina de Maradona y semejante espectáculo acabó con la poca simpatía que le tenía al tipo. Tanta chupada de media a Maradona me parece decadente. Me importa tres velines que sea el técnico de la Selección. El gol del ’86 (el de “la mano de Dios”) me parece un asco. Me avergüenza que todavía lo sigan celebrando. Detesto la trampa, en fútbol o en lo que sea.
Los accesos desorbitados de patriotismo me desconciertan. Los de patriotismo futbolero me descolocan absolutamente. Tipos que en cualquier otro contexto no tendrían ningún prurito en soplarse los mocos con la bandera, en el de un Mundial enloquecen con los colores celeste y blanco. Jamás los vas a ver con una escarapela en una fecha patria, pero para el Mundial cuelgan del balcón una bandera de 20 metros. La excepción con respecto a la escarapela se dio, obviamente, el 25 de mayo próximo pasado con la fiebre del Bicentenario. Que fue casi como un Mundial. Con una diferencia importante: en un Mundial la gente sabe qué festeja. En el Bicentenario casi nadie sabía qué carajo se festejaba. La culpa de todo la tienen las boludas de las maestras, que desde siempre zanjan el asunto con un ambiguo “cumpleaños de la Patria” y nunca se molestan en explicar qué catzo pasó realmente.
Toda esta perorata intrascendente se debe a dos motivos cardinales: no tengo nada mejor qué hacer que escribir pavadas y la fiebre mundialista me tiene harta. Hasta en los paquetes de pañales te meten una banderita y un alegre cuatricornio celeste y blanco. La verdad, me parece demasiado. Ayer nomás, había diez canales de televisión transmitiendo una insustancial conferencia de prensa de Juan Sebastián Verón. Paren un poco. Hay gente a la que el Mundial no le interesa en lo más mínimo.
Porque han pasado los gloriosos tiempos de Paolo Rossi y Roberto Bettega y
los jugadores de hoy en día no valen ni dos mangos.

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