martes, 1 de marzo de 2011

LA RUBIA TARADA


LA RUBIA TARADA

“La rubia tarada,
bronceada, aburrida,
me dice: ‘¿Por qué te pelaste?’…"
"La rubia tarada", Sumo

Yo era la morochita de pelo envidiable y bonitos rasgos árabes, pero quería ser la rubia tarada.
El despertador incrustaba en mi cerebro, cada día a las seis de la mañana, su aguijón de insecto bullanguero e inoportuno, y ahí va yo, con los pies todavía enredados en las sábanas, a desempeñar el devaluado rol de Cenicienta obrera.
La rubia tarada no trabajaba -a ella no le hacía falta-, tenía papá y mamá y un dormitorio color rosa chicle que hubiera hecho que Barbie se revolcara de envidia. No usaba ninguna pilcha que no fuera “de marca” y estaba bronceada todo el año. Alta y flaca, había obtenido el
codiciado papel de “dama antigua” en todos los actos del 25 de Mayo. Yo siempre me había tenido que conformar con ser “la negrita” que vendía empanadas y pastelitos, víctima de esa distorsión histórica que padecemos en general las maestras argentinas: Sarmiento no faltó nunca al cole, San Martín cruzó los Andes en un caballo blanco como el del Llanero Solitario y las “damas antiguas” eran todas polacas.
La rubia tarada tenía una fila interminable de “pretendientes”, rubios y tarados como ella. Tenía las uñas siempre perfectas, porque no había nacido para lavar platos, ni limpiar vidrios, ni hacer ninguna de esas tareas fastidiosas que me agobiaban hace veinte años y, aún hoy, me siguen agobiando. Nunca había leído otra cosa que no fuera la etiqueta del jean de moda, pero iba tres veces por semana al gimnasio y cuidaba su cuerpo como si se tratara de una escultura de Rodin. Lechuguita, yogur, agua mineral, pero nada de chocolates, ni papas fritas, ni Tía María con crema.
La rubia tarada tenía un perro, obviamente un perro de raza (mis pichichos siempre dieron lástima), y vacacionaba todos los veranos. Y me miraba con un desprecio insultante, a pesar de que, en apariencia, teníamos una relación bastante cordial, y ella me confesaba, siempre
con la naricita perfecta apuntando al cielo, que no pernoctaba en los hoteles alojamiento porque sus padres “no se lo permitían” y que jamás, jamás, jamás, se le ocurriría “juntarse” con las chicas de la verdulería.
Cuando hablo de “mis” pecados capitales, suelo citar la lujuria, la gula y la pereza, y me olvido de la envidia. Pero yo envidiaba a la rubia tarada. Ella era todo lo que yo no era y no llegaría a ser nunca. 
Mientras yo trabajaba, estudiaba, cortaba cartulinas de colores y hacía rotafolios, educaba niñitos que se peleaban por ser el primero de la fila para entrar al aula dándome la mano, me enamoraba y me desenamoraba, cambiaba pañales y calentaba mamaderas, escribía poemas
y me los creía, la rubia tarada seguía comiendo lechuga, tomando agua mineral, yendo al gimnasio tres veces por semana y bronceándose como si le hiciera un favor al sol. Y así fueron pasando los años.
La rubia tarada no tuvo hijos, para no arruinar su preciosa figura de top-model. Yo volví a la escuela con unos kilitos de más y un hijo irónicamente rubio, que jamás vendió velas ni encendió faroles los 25 de mayo, pero cada 20 de junio es, invariablemente, Manuel Belgrano.
Hay cosas que no cambian nunca. Las maestras argentinas nos incluimos dentro de esas cosas.
Hace unos días me la encontré en la calle. Sigue alta, rubia y bronceada, y tiene el aire satisfecho de las féminas que nunca tuvieron un “tête à tête” con la balanza. Pero al verla, me acordé de la Bardot, y de su fabulosa sentencia de mujer hermosa y lúcida: “Las beldades bronceadas de hoy son las pasas arrugadas del mañana”.

Gracias, Brigitte.

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