martes, 20 de septiembre de 2011

ESA COSA SWINGER


 ESA COSA SWINGER

"No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea." 
Oscar Wilde

Hay épocas de la vida en las que una, que vive hundida en la indigesta melaza de la convivencia desde hace mil años, se cansa de ver a diario los calzones del mismo señor. Es más: se fastidia cuando los ve. Este es, según mi avezado punto de vista y mi irrefutable experiencia, el momento adecuado para hacerse de un amante. Déjenme explicarles algo a las más pudibundas, a aquellas que se persignaron ante mi escabrosa propuesta y manotearon desesperadamente sus rosarios: los amantes que sepan conseguir serán los parches terapéuticos que taponarán los orificios de sus baqueteados matrimonios, por lo menos temporalmente. Y permitirán que esas insulsas e improductivas sociedades conyugales tiren unos añitos más. Que conste que esto no lo inventé yo: lo dice todo el mundo. Ya para la época de Oscar Wilde el matrimonio era una carga tan pesada que había que llevarla entre tres.
Adoptar un amante no es poca cosa. El susodicho, además de hacer alguna gracia, debe estar lo suficientemente enganchado con una como para poder llevarlo de las narices, pero no tanto como para encapricharse con ocupar puestos que, en nuestra vida, no están vacantes (los de maridos y concubinos). Nada más contraproducente, señores, que un amante con pretensiones de ser algo más, un sujeto espinoso que busca provocar en nuestra ordenadísima existencia un cisma erótico-sentimental y enfrentarnos brutalmente a la realidad sombría de nuestros esponsales. Este elemento indeseable y conflictivo debe ser apartado del catre y del corazón de cualquier casada casquivana con la velocidad del relámpago.
Cada una sabrá dónde buscar para hallar a su hipotético amante. Acerca de esto no voy a dar cátedra. No tengo lugares estipulados de antemano como cotos de caza de señores cariñosos. Eso sí, yo soy como Evangelina Carrozo: necesito el conocimiento previo. Lo que me diferencia de este culo carnavalesco, es que yo soy lo suficientemente avispada como para no confundir el conocimiento previo con el amor. El amor es otra cosa, como mis gratos leyentes comprenderán.
El conocimiento previo es necesario, en mi caso específico, para ir caldeando el ambiente, elaborando ciertas fantasías, largando al ruedo algún ratoncito. Para saber si el macho favorecido es lo suficientemente limpito, lo suficientemente sanito y carece, además, de veleidades de psicópata. Qué se yo. Para una correcta puesta en escena de la situación amatoria.
Aunque a ustedes, caros lectores, se les haga casi imposible creerlo, hay gentes modernas que dicen que no. Que este asunto del amante no va más. Que para eternizar un matrimonio insípido, inodoro e incoloro, el último aullido de la moda es la onda swinger. Que es más o menos así: A y B son pareja. C y D también lo son. Lo esperable, dentro de ciertas reglas de hipócrita convivencia, sería que A fornicara con B y C hiciera lo propio con D. Pero como estas yuntas también están cansadas de verse los calzones entre sí, deciden hacer un intercambio aparentemente provechoso para todas las partes: A intima con DB, con C, y todos contentos. Porque según este gentío revolucionario, el sexo es sólo sexo. Y engañar a la pareja está mal.
Permítanme decirles que este programa conmigo no va. Porque lo que hace más lindo a este asunto del amante es la clandestinidad. Lo oculto, lo prohibido. Ponerse de acuerdo con el marido para que un tercero apague nuestros ardores le quita toda la emoción al trámite.
Estos autotitulados swingers justifican sus dudosas actividades pregonando que todos somos promiscuos. Sostienen que la monogamia no existe y que el hombre y también la mujer, cómo no, son animales que necesitan mantener relaciones sexuales con diferentes personas para lograr su equilibrio emocional. Yo de equilibrio emocional mucho no sé. Pero debo reconocer que, con respecto a esta premisa, estos entes vanguardistas tienen razón: en mis fueros más íntimos, también yo aspiro a intimar con muchos señores. Pero estos señores, consiéntanme aclararlo, no son NN. Tienen todos nombre y apellido: Simon Baker, Johnny Depp, Michael C. Hall, etc., etc. Señores del montón no, no me interesan. Ya tengo un señor del montón y para mí este único espécimen es más que suficiente. Cambiarlo por otro señor del montón, aunque sea por un ratito, sería al divino botón. Al divinísimo.
Bien saben ustedes, amenos leedores, que yo no soy una mujer que recule ante nada. Tengo la mente muy abierta. Aunque todo este asunto del intercambio de parejas me parezca de lo más insustancial y anodino, confesaré que hay alguna situación puntual en la que sería capaz de estudiar la posibilidad de adherirme al fenómeno del canje amatorio. Esta situación podría ser, por ejemplo, que el cazal dispuesto a la gozosa permuta estuviera compuesto por Brad y Angelina. Por menos de eso, no hay negocio. Muchos preguntarán ante lo desmedido de mis pretensiones a quién la gané. A nadie, a nadie. Pero ya dije que la gente comunacha no me interesa. Para el reviente, digo. Para los juegos de mesa, sí.
Hay señores con vocación de cornudos que creen ingenuamente que ser cornudos a sabiendas es mucho menos luctuoso que serlo en la más absoluta cerrazón y aseguran que se calientan cuando ven a sus mujeres besándose con otros señores. Explican que el hecho de enterarse de que otros hombres desean a sus medias naranjas las hace mucho más apetecibles. Esta proposición tiene su lógica, cómo no. Lo que no tiene su lógica es que un advenedizo le toque el culo a la legítima esposa de un cristiano frente a sus pobres narices y el susodicho no reaccioné cagando a palos al intruso temerario. El sexo es sólo sexo, pero hasta los animales se envuelven en trifulcas enardecidas por defender lo que consideran suyo. Para mí, el macho que no pelea por su hembra como Dios manda, es menos macho de lo que cacarea. Dirán ustedes que soy una básica. Una primitiva. Una muchacha arcaica que no comprende los gozos de la modernidad. Puede ser. Puede ser. Ya dije que lo mío pasa por la caverna y el garrote. No quiero señores depilados. No quiero señores que supuestamente me aman festejando abiertamente mi cachondeo con otros señores. Mi mundo no es así. Mi vida no es así. Yo estoy para otras cosas.
Parece que estas personas extrañas se contactan, muchas veces, a través de Internet (por si no lo sabían, Internet es el Templo del Sexo y sirve para mucho más que para publicar y leer huevadas) y organizan citas a ciegas para ver si la cosa es viable. Si se gustan un poco, por lo menos. Y después de una cena amigable o unos tragos desinhibidores hacen la cambiadita. También hay boliches y lugares exclusivos para estos prototipos extravagantes: hay pistas de baile (nada del otro mundo), zona nudista (el nudismo es otra práctica que tampoco me cierra demasiado, quizás porque mi abuela me sorbió el seso desde mi más tierna infancia con eso de que “mejor que mostrar es insinuar”), cuarto oscuro (¿?), sex-shop, masajes, espectáculos porno en vivo, solarium, sala exhibicionista, etc. Esta gentuza modernosa jura que estas costumbres sofisticadas aportan aires nuevos a las parejas. Que las relaciones maritales se oxigenan. Que hay que dejar caer las máscaras de una vez por todas y tomar estas lascivas diligencias como cosas naturales. Yo me opongo rotundamente al desmoronamiento de las máscaras. Estoy muy, pero muy aferrada a las mías y no voy a dejarlas caer así como así. Antes prefiero dejar caer los calzones. Aspiro a que mi vida amatoria sea un Carnaval Veneciano. Cuantas más máscaras, mejor. Porque soy adicta a la intriga. Y a mí las cosas me gusta hacerlas amparada por las sombras de la noche. No sé si quedó claro.
Parece que el mundo swinger no se debe establecer ningún tipo de relación afectiva o emocional con los compañeros sexuales. Porque no se debe. Eso sería infidelidad. Y el sexo dejaría de ser sólo sexo para convertirse, además, en una fuente de secretos, confabulaciones, entuertos, venganzas y quilombos. Que lo hacen mucho, pero mucho más placentero, que me perdonen los swingers.
Los psiquiatras, psicólogos y profesionales conocedores de la ridícula trama que tejen las relaciones humanas no se cansan de hacer hincapié en lo absolutamente necesario que resulta que cada integrante de una pareja tenga su propio espacio. Privado y personal. Indispensable es, según estos peritos en el tema, que novios, esposos y concubinos estén juntos pero no revueltos. Yo creo, humildemente, que esa cosa swinger es un revoltijo inmundo. Y que, tarde o temprano, las parejas que se embarcan en esta lúgubre aventura terminarán naufragando. Porque cuando el sexo pierde su categoría de pecado, muy bien otorgada por nuestros ilustres antepasados judeocristianos, se convierte en un trámite más o menos agradable que jamás de los jamases podrá ser el argumento de un buen culebrón. Porque para que el sexo tenga ese gustito a gloria en pos del cual sucumben las honras, no sólo tiene que ser gozado, sino sufrido y padecido.
Yo, hincha pelotas como soy, insisto con el tema del amante. Para mí es mucho más prometedor que esa cosa swinger. Además, ninguna señora está obligada a tener el mismo amante durante mucho tiempo. Ni siquiera a tener un amante por vez. La única cláusula del estatuto de los amantes es que los afectos deben florecer en el más absoluto oscurantismo. Que las citas tienen que ser comprometidas peripecias. Que las mentirillas deben jalonar las relaciones. Y que hay que llorar, patalear y gritar mucho. Y dar muchos, pero muchos, pero muchos portazos.

Como me gusta a mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario