lunes, 11 de abril de 2011

EL OFICIO DE SER MAMÁ


EL OFICIO DE SER MAMÁ

“Mirá, yo no te pedí nacer, así que no me jodas.” 
Mi hijo

Dicen que los hijos son un regalo de Dios, cosa con la que nunca estuve de acuerdo porque no conozco a ningún párvulo que haya llegado a este valle de lágrimas envuelto en papel fantasía y con un moño de rafia adornando su linda cabecita. En todo caso, los hijos son un préstamo. A mí me prestaron uno solo, cosa que me sirvió de excusa para malcriarlo de una forma atroz.

LA LLEGADA DEL UNIGÉNITO: MOSCATO, PIZZA Y FAINÁ

Cuando mi pequeño retoño llegó al mundo, el padre estaba ausente (con aviso). Así que en mi parición fui socorrida por mi santa madre, una de mis hermanas y mi mejor amiga.
A las 3 de la mañana del viernes 20 de enero de 1995, empecé con contracciones. Mi hermana mayor, que ya había parido a dos de mis sobrinos y estaba canchera en el asunto, me había dicho cierta vez:
-A veces, cuando hacés fuerza para que el bebé nazca, te hacés encima. Es normal.
Yo, que  soy más pudorosa que una monjita de clausura, pensé que ya era suficiente con que el médico que me asistiera en el parto tuviera acceso a mis partes pudendas como para que también me viera hacerme encima. Así que decidí que ese día no ingeriría ningún alimento y bebería sólo lo indispensable para no deshidratarme.
A las 11 de la mañana y, con unos dolores bastante fuertes, rumbeé para el hospital donde me atendía. Me revisó una médica antipática que me dijo, sin ningún miramiento:
-Ah, no, nena. A vos te falta. Volvé dentro de unas horas.
A las 3 de la tarde, con unos dolores insoportables, me acerqué otra vez al nosocomio. Nuevo rebote.
-Andate a tu casa y volvé en unas horas.
Hasta las 7 de la tarde estuve tirada en mi cama, sin comer ni beber, viendo todo tipo de cuerpos celestes.
-¡Respirá, respirá, respirá!, me decía mi amiga con sus mejores intenciones.
-Rosana, estoy respirando; si no estaría muerta.
A las 7 de la tardé volví al hospital, ya con cara de orto y las bolas por el piso.
-Te falta, te falta. Volvé más tarde.
El hambre, la sed y la furia hicieron su pérfido trabajo.
-Mirá, mamá, no vamos para casa. Vamos a una pizzería porque estoy muerta de hambre. Y si le hago encima al médico, que se joda.
Y ahí fuimos, mi mamá, mi hermana y yo, a una pizzería de cuarta, donde me zampé una completa de jamón y morrones, ante la mirada atónita de los parroquianos que, cada tanto, me escuchaban pegar un grito.
Me internaron a las 12 de la noche y mi hijo nació, oxitocina de por medio porque no tenía dilatación, a las 9 de la mañana del otro día.
Juro que esa fue la noche más larga de mi vida.

EL REGALO DESPRECIADO: QUISIERA SER UN PEZ…

A los dos años, mi hijo tenía una obsesión con los peces. Obsesión que, más tarde, se trasladó a los dinosaurios y, mucho más tarde, a Batman.
Mi amiga, que nunca tuvo una situación económica floreciente, juntó moneda sobre moneda para regalarle al mocoso, con motivo del Día del Niño, un enorme camión con acoplado. Entusiasmada, le entregó el presente, esperando que el pequeñito enloqueciera de placer con el juguete.
Manuel la miró con odio mal disimulado y le espetó groseramente:
-¡Esto es una mierda! ¡Yo quería un pez!
No lo golpeé de pedo. Pero me deshice en disculpas con mi amiga que, a partir de ese momento, siempre le regaló plata para que se compre lo que quiera.
  
UNA COSA LINDA Y BRILLANTE: TU BRILLO TIENDE A HIPNOTIZARNOS…

Mi tío, que es un amor, tuvo la esplendente idea de darle a mi hijo una plomada, de esas que se usan para pescar.
En medio de una siesta erótica, mi hijito golpeó insistentemente la puerta del dormitorio. Manoteé la ropa y me vestí como pude, porque ante todo soy madre y el retoce feliz podía esperar.
-¿Qué pasa Manuel?
-Me tragué una cosa linda y brillante.
-¿¿¿¿Qué????
-Me tragué una cosa que me dio el tío.
Desesperación, corridas, averiguaciones acerca de lo que el chico se había tragado y, por supuesto, médico.
-El nene se tragó una plomada.
-Bueno, no te hagas problema. Lo serio hubiera sido que se atragantara, cosa que no sucedió. Ahora hay que esperar a que la evacue.  Revisá la caquita todos los días (los médicos nunca dicen caca, siempre dicen caquita) y, si en unos días no aparece la plomada, vemos qué hacemos.
Y ahí fui yo, con un guante de ginecólogo, cara de asco y puteando a mi tío por lo bajo, a deshacer cada evacuación de mi precioso hijito, para ver si aparecía la bendita plomada.
La historia tuvo final feliz: la plomada apareció y, después de higienizarla como corresponde, la guardé en el baúl de los recuerdos, para decirles a mis nietos el día de mañana:
-¡Miren lo que se tragó su papá cuando tenía tres años!

DÍAS DE ESCUELA: TE VEO DEAMBULAR CUAL BICHO ENFERMO…

Bien es sabido que el Jardín de Infantes es un relajo. Los chicos se paran, deambulan todo el tiempo por la Sala y juegan. Y una los deja, pobrecitos, porque, para quedarse cuatro horas con el culo apoyado en la silla, ya van a tener tiempo.
Es por eso que Manuel, como tantos otros inocentes, empezó la Escuela Primaria convencido de que era una continuación del Jardín y que el único cambio era el color del guardapolvo.
Durante los primeros días de su estadía en 1º grado mi hijo se dedicó a deambular por el salón, ante la desesperación de la maestra, que no podía lograr que se sentara en el banco que le habían asignado.
-Acá hay que quedarse sentado. ¡No se puede estar toda la mañana dando vueltas y molestando a los compañeros!, lo increpó la docente, cansada de su resistencia a apoyar el culo en la silla.
-¡La escuela primaria apesta! –contestó mi hijo, que se dio por vencido y, con una trompa elefantina, accedió a sentarse.
La Srta. Susana me agarró en la calle.
-¡Mire lo que me dijo su hijo!
-¿Y qué quiere que le diga, pobre pibe, si tiene razón?

PREGUNTAS ENGORROSAS: SALTA, SALTA, SALTA, PEQUEÑA LANGOSTA…

-Ma, ¿qué hacen a la noche en la cama que se escucha tanto ruido?
-Esteeeeeeee… Nada, te parece a vos.
-No, se escucha como si saltaran.
-¡Claro! ¡Es eso, saltamos! Hacemos gimnasia arriba de la cama. Como no tenemos colchonetas…
-Ah, bueno.
Con el paso de los años y, luego de evaluar mi respuesta a su inquietud, el pibe me encaró y me dijo:
-¡Cómo me cagaste con lo de la gimnasia!
-¿Qué gimnasia…? –dije yo, inocentemente. Y en seguida cambié de tema, no vaya a ser que tuviera que andar contestando nuevas preguntas engorrosas.

LA MESITA DE LA TV: ROMPAN TODO

Mi hijo tiene la costumbre de hamacarse en la silla. Más de una vez se fue a la mierda y hubo que correr al médico y hacerle radiografías, para ver si su preciosa cabecita había sufrido algún daño.
A los diez, se hamacaba en la silla, mientras miraba televisión.
-Manuel, no te hamaques en la silla que te vas a caer.
-No pasa nada.
-Te vas a caer.
Y se cayó, nomás. Pero para adelante, partiendo en dos la mesita del televisor, que era de muy mala calidad.
Rápida de reflejos, atajé el electrodoméstico en el aire, mientras gritaba como una condenada para que llamara a alguien que me ayudara a sostenerlo. Nos salvó mi tío (el mismo de la plomada)  que me ayudó con el aparatejo y me prestó una mesita para apoyarlo.
Al padre le dijimos que la mesa se había roto sola. Para que sienta remordimientos por haber comprado un mueble tan berreta.

LA CORTINITA PRIMOROSA: DAME FUEGO, DAME, DAME FUEGO…

Sobre la pileta donde lavo los platos tengo una ventanita que lucía una cortinita primorosa, con una guarda de casitas de cuento. Manuel tuvo la feliz idea de tirar en la pileta un cilindro de cartón, rociarlo con medio litro de alcohol y tirarle encima un fósforo encendido. Brotó una llamarada infernal que alcanzó la cortina. Como pude, apagué el incipiente incendio.
Mi marido (cuyo lema es “lo atamos con alambre”: tengo un palo trabando la puerta del horno y un escarbadientes incrustado al costado del botón de encendido de la TV, para que no se apague sola) la hizo fácil: cortó la parte quemada de la cortina y así quedó, sin guarda de casitas y corta como una pollerita de Mary Quant.

¡Y LLEGÓ LA ADOLESCENCIA!: FIESTA, QUÉ FANTÁSTICA, FANTÁTICA ESTA FIESTA

-Ma, ¿qué se hace en un cumpleaños de quince?
-Se comen cosas ricas. (A esta altura, yo ya me olvidé del baile y de los apretujones en el lugar más oscuro del salón).
-¿Te das cuenta de que sos una gorda estúpida? ¡Todo el tiempo pensando en comer!
-¡Manuel! ¿Cómo le vas a decir gorda a tu mamá? (Lo de estúpida lo pasé por alto, se ve que el gorda me dolió más).
-¿Qué querés que te diga? ¡Si tenés unos rollos!
-¡Pobre de vos! Además, quiero ver como llega el señorito a los cuarenta.
-Dejá, mamá, no me contestes. Mejor le pregunto a papá.

Mi hijo me contesta, me desobedece, me psicoanaliza (“Tu problema, mamá, es que te creés que la vida es una película”). Tiró al gato en el lavarropas y yo, al no poder deshacerme del pibe, me tuve que deshacer del mentado felino. Me rompió un montón de cachirimbolos de esos que se usan para desadornar la casa. Dice que cuando era chica yo debía ser muy fea, porque de grande soy horrible. Llega de la escuela con una cara de culo tremenda y no se le puede dirigir la palabra por lo menos durante dos horas. Pero lo amo. Mucho. Y le banco cualquier cosa. Después de todo, él no me pidió nacer.

Pobrecito.

No hay comentarios:

Publicar un comentario