EL OFICIO DE SER MAMÁ
“Mirá, yo no te pedí nacer,
así que no me jodas.”
Mi hijo
Dicen que
los hijos son un regalo de Dios, cosa con la que nunca estuve de acuerdo porque
no conozco a ningún párvulo que haya llegado a este valle de lágrimas envuelto
en papel fantasía y con un moño de rafia adornando su linda cabecita. En todo
caso, los hijos son un préstamo. A mí me prestaron uno solo, cosa que me sirvió
de excusa para malcriarlo de una forma atroz.
LA LLEGADA DEL UNIGÉNITO: MOSCATO, PIZZA Y FAINÁ
Cuando mi
pequeño retoño llegó al mundo, el padre estaba ausente (con aviso). Así que en
mi parición fui socorrida por mi santa madre, una de mis hermanas y mi mejor
amiga.
A las 3
de la mañana del viernes 20 de enero de 1995, empecé con contracciones. Mi
hermana mayor, que ya había parido a dos de mis sobrinos y estaba canchera en
el asunto, me había dicho cierta vez:
-A veces,
cuando hacés fuerza para que el bebé nazca, te hacés encima. Es
normal.
Yo,
que soy más pudorosa que una monjita de clausura, pensé que ya era
suficiente con que el médico que me asistiera en el parto tuviera acceso a mis
partes pudendas como para que también me viera hacerme encima. Así
que decidí que ese día no ingeriría ningún alimento y bebería sólo lo
indispensable para no deshidratarme.
A las 11
de la mañana y, con unos dolores bastante fuertes, rumbeé para el hospital
donde me atendía. Me revisó una médica antipática que me dijo, sin ningún
miramiento:
-Ah, no,
nena. A vos te falta. Volvé dentro de unas horas.
A las 3
de la tarde, con unos dolores insoportables, me acerqué otra vez al nosocomio.
Nuevo rebote.
-Andate a
tu casa y volvé en unas horas.
Hasta las
7 de la tarde estuve tirada en mi cama, sin comer ni beber, viendo todo tipo de
cuerpos celestes.
-¡Respirá,
respirá, respirá!, me decía mi amiga con sus mejores intenciones.
-Rosana,
estoy respirando; si no estaría muerta.
A las 7
de la tardé volví al hospital, ya con cara de orto y las bolas por el piso.
-Te
falta, te falta. Volvé más tarde.
El
hambre, la sed y la furia hicieron su pérfido trabajo.
-Mirá,
mamá, no vamos para casa. Vamos a una pizzería porque estoy muerta de hambre. Y si
le hago encima al médico, que se joda.
Y ahí
fuimos, mi mamá, mi hermana y yo, a una pizzería de cuarta, donde me zampé una
completa de jamón y morrones, ante la mirada atónita de los parroquianos que,
cada tanto, me escuchaban pegar un grito.
Me
internaron a las 12 de la noche y mi hijo nació, oxitocina de por medio porque
no tenía dilatación, a las 9 de la mañana del otro día.
Juro que
esa fue la noche más larga de mi vida.
EL REGALO DESPRECIADO: QUISIERA SER UN PEZ…
A los dos
años, mi hijo tenía una obsesión con los peces. Obsesión que, más tarde, se
trasladó a los dinosaurios y, mucho más tarde, a Batman.
Mi amiga,
que nunca tuvo una situación económica floreciente, juntó moneda sobre moneda
para regalarle al mocoso, con motivo del Día del Niño, un
enorme camión con acoplado. Entusiasmada, le entregó el presente, esperando que
el pequeñito enloqueciera de placer con el juguete.
Manuel la
miró con odio mal disimulado y le espetó groseramente:
-¡Esto es
una mierda! ¡Yo quería un pez!
No lo
golpeé de pedo. Pero me deshice en disculpas con mi amiga que, a partir de ese
momento, siempre le regaló plata para que se compre lo que quiera.
UNA COSA LINDA Y BRILLANTE: TU BRILLO TIENDE A HIPNOTIZARNOS…
Mi tío,
que es un amor, tuvo la esplendente idea de darle a mi hijo una plomada, de
esas que se usan para pescar.
En medio
de una siesta erótica, mi hijito golpeó insistentemente la puerta del
dormitorio. Manoteé la ropa y me vestí como pude, porque ante todo soy madre y
el retoce feliz podía esperar.
-¿Qué
pasa Manuel?
-Me
tragué una cosa linda y brillante.
-¿¿¿¿Qué????
-Me
tragué una cosa que me dio el tío.
Desesperación,
corridas, averiguaciones acerca de lo que el chico se había tragado y, por
supuesto, médico.
-El nene
se tragó una plomada.
-Bueno,
no te hagas problema. Lo serio hubiera sido que se atragantara, cosa que no
sucedió. Ahora hay que esperar a que la evacue. Revisá la caquita todos
los días (los médicos nunca dicen caca, siempre dicen caquita)
y, si en unos días no aparece la plomada, vemos qué hacemos.
Y ahí fui
yo, con un guante de ginecólogo, cara de asco y puteando a mi tío por lo bajo,
a deshacer cada evacuación de mi precioso hijito, para ver si aparecía la
bendita plomada.
La
historia tuvo final feliz: la plomada apareció y, después de higienizarla como
corresponde, la guardé en el baúl de los recuerdos, para decirles a mis nietos
el día de mañana:
-¡Miren
lo que se tragó su papá cuando tenía tres años!
DÍAS DE ESCUELA: TE VEO DEAMBULAR CUAL BICHO ENFERMO…
Bien es
sabido que el Jardín de Infantes es un relajo. Los
chicos se paran, deambulan todo el tiempo por la Sala y
juegan. Y una los deja, pobrecitos, porque, para quedarse cuatro horas con el
culo apoyado en la silla, ya van a tener tiempo.
Es por
eso que Manuel, como tantos otros inocentes, empezó la Escuela Primaria convencido
de que era una continuación del Jardín y que el único cambio
era el color del guardapolvo.
Durante
los primeros días de su estadía en 1º grado mi hijo se dedicó a deambular por
el salón, ante la desesperación de la maestra, que no podía lograr que se
sentara en el banco que le habían asignado.
-Acá hay
que quedarse sentado. ¡No se puede estar toda la mañana dando vueltas y
molestando a los compañeros!, lo increpó la docente, cansada de su resistencia
a apoyar el culo en la silla.
-¡La
escuela primaria apesta! –contestó mi hijo, que se dio por vencido y, con
una trompa elefantina, accedió a sentarse.
La Srta. Susana me
agarró en la calle.
-¡Mire lo
que me dijo su hijo!
-¿Y qué
quiere que le diga, pobre pibe, si tiene razón?
PREGUNTAS ENGORROSAS: SALTA, SALTA, SALTA, PEQUEÑA LANGOSTA…
-Ma, ¿qué
hacen a la noche en la cama que se escucha tanto ruido?
-Esteeeeeeee…
Nada, te parece a vos.
-No, se
escucha como si saltaran.
-¡Claro!
¡Es eso, saltamos! Hacemos gimnasia arriba de la cama. Como no tenemos
colchonetas…
-Ah,
bueno.
Con el
paso de los años y, luego de evaluar mi respuesta a su inquietud, el pibe me
encaró y me dijo:
-¡Cómo me
cagaste con lo de la gimnasia!
-¿Qué
gimnasia…? –dije yo, inocentemente. Y en seguida cambié de tema, no vaya a ser
que tuviera que andar contestando nuevas preguntas engorrosas.
LA MESITA DE LA TV: ROMPAN TODO
Mi hijo
tiene la costumbre de hamacarse en la silla. Más de una vez se fue a la mierda
y hubo que correr al médico y hacerle radiografías, para ver si su preciosa
cabecita había sufrido algún daño.
A los
diez, se hamacaba en la silla, mientras miraba televisión.
-Manuel,
no te hamaques en la silla que te vas a caer.
-No pasa
nada.
-Te vas a
caer.
Y se
cayó, nomás. Pero para adelante, partiendo en dos la mesita del televisor, que
era de muy mala calidad.
Rápida de
reflejos, atajé el electrodoméstico en el aire, mientras gritaba como una
condenada para que llamara a alguien que me ayudara a sostenerlo. Nos salvó mi
tío (el mismo de la plomada) que me ayudó con el aparatejo y me
prestó una mesita para apoyarlo.
Al padre
le dijimos que la mesa se había roto sola. Para que sienta remordimientos por
haber comprado un mueble tan berreta.
LA CORTINITA PRIMOROSA: DAME FUEGO, DAME, DAME FUEGO…
Sobre la
pileta donde lavo los platos tengo una ventanita que lucía una cortinita
primorosa, con una guarda de casitas de cuento. Manuel tuvo la feliz idea de
tirar en la pileta un cilindro de cartón, rociarlo con medio litro de alcohol y
tirarle encima un fósforo encendido. Brotó una llamarada infernal que alcanzó
la cortina. Como pude, apagué el incipiente incendio.
Mi marido
(cuyo lema es “lo atamos con alambre”: tengo un palo trabando la
puerta del horno y un escarbadientes incrustado al costado del botón de
encendido de la TV, para que no se apague sola) la hizo fácil: cortó la parte
quemada de la cortina y así quedó, sin guarda de casitas y corta como una
pollerita de Mary Quant.
¡Y LLEGÓ LA ADOLESCENCIA!: FIESTA, QUÉ FANTÁSTICA, FANTÁTICA ESTA
FIESTA…
-Ma, ¿qué
se hace en un cumpleaños de quince?
-Se comen
cosas ricas. (A esta altura, yo ya me olvidé del baile y de los apretujones en
el lugar más oscuro del salón).
-¿Te das
cuenta de que sos una gorda estúpida? ¡Todo el tiempo pensando en
comer!
-¡Manuel!
¿Cómo le vas a decir gorda a tu mamá? (Lo de estúpida lo
pasé por alto, se ve que el gorda me dolió más).
-¿Qué
querés que te diga? ¡Si tenés unos rollos!
-¡Pobre
de vos! Además, quiero ver como llega el señorito a los cuarenta.
-Dejá,
mamá, no me contestes. Mejor le pregunto a papá.
Mi hijo
me contesta, me desobedece, me psicoanaliza (“Tu problema, mamá, es que
te creés que la vida es una película”). Tiró al gato en el lavarropas
y yo, al no poder deshacerme del pibe, me tuve que deshacer del mentado felino.
Me rompió un montón de cachirimbolos de esos que se usan para desadornar la
casa. Dice que cuando era chica yo debía ser muy fea, porque de grande soy
horrible. Llega de la escuela con una cara de culo tremenda y no se le puede
dirigir la palabra por lo menos durante dos horas. Pero lo amo. Mucho. Y le
banco cualquier cosa. Después de todo, él no me pidió nacer.
Pobrecito.

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