martes, 19 de julio de 2011

SER FLACA


SER FLACA

“La grasa frita no puede mentir, su verdad esta escrita en tus piernas.” 
 Una descolgada que no sabe lo que es bueno

La primera vez que me abordó una empleada de SLIM, yo estaba embarazada. A pesar de que siempre fui culona como una araña pollito, llegué a los 27 años con una figurita más o menos respetable, considerando que siempre me gustó comer porquerías y que aborrezco cualquier tipo de actividad física. Es cierto que, dado mis bajadas y subidas emocionales, alternaba grandes comilonas con días de ayuno deprimido, y eso, más allá de minarme la salud, me ayudaba a no cruzar jamás el umbral de los 55 kilos. Pero con el embarazo me desbandé. Y llegué a los 70.
Durante los tres primeros meses de embarazo, vomitaba todas las mañanas. Lo que no impedía que, cumplido el engorroso trámite, me lavara la cara, me acomodara más o menos el pelo, saliera corriendo hasta la panadería más cercana, comprara una docena de facturas (con dulce de leche) y me las zampara sin ninguna culpa. Una docena de facturas por día durante tres meses es más de lo que un fisiquito de 1,54 puede tolerar, con embarazo de por medio o no. Así que, cuando andaba por el quinto mes, ya era una pequeña aberdeen angus. “Piñata”, me llamaba mi hermanito cariñosamente. Y el médico que me atendía, cansado de sugerencias y ruegos, llegó a amenazarme para que cerrara la boca.
Tal como les decía, embarazadísima estaba cuando una de las señoritas SLIM me paró en la calle para ofrecerme un tratamiento para desinflarme.
-¿No te parece que tendría que parir primero? –le ladré a la pobre piba que, después de todo, se estaba ganando el mango.
-Ah, discúlpeme. No me di cuenta de que estaba embarazada.
-¿Qué pensaste, que me había tragado un ternero entero? (Cabe destacar que, por lo general soy una persona educadísima y sumamente paciente. Cierta vez estuve dos horas escuchando, con una sonrisa en los labios, a una Testigo de Jehová que intentaba convencerme de que el rock era satánico, y hasta me quedé con un par de números de “La Atalaya”. Pero las empleadas de SLIM sacan afuera lo peor de mí).
Seguí mi camino INDIGNADA y seguí mi embarazo tragando cuanto se me ponía a tiro, cual glamorosa avestruz. Tuve un bello niñito que pesó bastante menos de lo que podía esperarse dadas mis dimensiones de “futura mamá” y ahí comenzó la lucha para volver a mi peso normal (lucha que, hasta el día de hoy continúa y en la que –no nos engañemos- llevo todas las de perder).

 ¿Y AHORA QUÉ PASA, EH? – PASA QUE NO ME ENTRA NI UNA SOLA PILCHA

Los dos o tres primeros meses después del feliz acontecimiento estaba tan obnubilada con mi bebé que no me di cuenta de que seguía tan gorda como antes de pasar por la sala de partos. Me vestía con remerones gigantescos y calzas, o con los vestiditos que había usado durante el embarazo. Pero un día decidí que ya era hora de volver a usar la ropa que siempre había usado: jeans más o menos ajustados, minifaldas y vestidos entubados. Un salchichón primavera hubiera lucido mejor que yo dentro de tales prendas (y seguro que al salchichón le cerraban los pantalones). Cualquier mujer en sus cabales se hubiera tomado las cosas con calma y hubiera encarado una dieta que le permitiera recuperar su peso normal y volver a usar sus pilchas de siempre. Yo no: tuve un ataque de nervios más o menos violento y decidí regalar toda la ropa que tenía. Literalmente, me quedé en bolas. Y salí a comprar pantalones tres talles más grandes de los que solía usar, vestidos sueltos y discretas polleras por debajo de las rodillas. Y decidí conformarme con mi destino de “gorda”.

¡Y DALE CON SLIM! - ¿POR QUÉ NO TE METÉS EL GEL EN ALGÚN LUGAR DONDE NO TE DE EL SOL?

A mí marido nunca le importó demasiado que estuviera algo entrada en carnes. Soy quince años más joven que él, así que, si se quejara, sería un ingrato. La verdad, a mí tampoco me importaba demasiado cuando estaba dentro de casa. Casi no tengo espejos y aprendí a esquivar los pocos que tengo, cosa de no hacerme mala sangre. Pero salir de casa ya era otra cosa.
La familia –la familia, como el Sol, cuanto más lejos, mejor- dejaba caer cada tanto algún comentario insidioso sobre mi volumen. Dejé  de ser la simpática “Piñata” para convertirme en la “Osa Menor” (la “Osa Mayor”, obviamente, es mi mamá).
Las vecinas también aportaban su cuota de veneno:
-¡Qué gorda que estás!
-Sí, cierto. Igual, no me hago drama. A lo sumo, cuando me muera me tendrán que hacer un cajón a medida y contratara un par de patovicas para que lleven las manijas.
-Tampoco es para tanto…
Pero lo peor no eran ni los familiares ni las vecinas. Lo peor eran las empleadas de SLIM. A algún pelotudo se le ocurrió insertar un local de SLIM en mitad del “Patio de Comidas” del “Alto Avellaneda”. Así que, cuando una le está hincando el diente a un “Big Mac” tiene alrededor una molesta bandada de señoritas vestidas de azul que insisten con las virtudes del gel no-sé-cuánto y otros productos sospechosos.
-En el SLIM tenemos un nuevo producto, el “Geltimax Miracle”, que te ayuda a bajar 7 kilos en 20 sesiones sin sacrificios.
-¿Vos me estás diciendo que estoy gorda?
- …
-Mirá, querida. Vos tenés una nariz espantosa y yo no te estoy acosando para que vayas a ver a un cirujano plástico.
- …
Esta escena espinosa se repitió unas cuantas veces, con alguna que otra variante, hasta que decidí no pisar más el Shopping y comerme las hamburguesas en mi casa.
  
EL GIMNASIO – EL SUPLICIO DE LA RUEDA, UN POROTO

Llegó un momento en que las presiones familiares, la maledicencia de las vecinas y el pérfido trabajo de las empleadas de SLIM hicieron mella en mi orgullo de gorda. “Tengo que adelgazar”, pensé. Y empecé a buscar la forma de adelgazar sin dejar de comer (porque dejar de comer era lo último que quería hacer en la vida). Así que, casi sin darme cuenta, terminé anotada en un gimnasio.
Los gimnasios me dan asco. Son antros decadentes donde todo el mundo transpira como testigo falso. Tanto sudor me da cosita, qué se yo.
Al gimnasio habré ido cinco o seis veces (gracias a Dios, no pagué clases por adelantado). La profesora era un clisé: oxigenadamente rubia, bronceada, con calzas rosa fluo y tetas de plástico. Yo no me quería acercar demasiado a la mina porque, aunque en general no soy una mujer prejuiciosa, tengo una idea fija e irracional: para mí todas las profesoras de gimnasia son lesbianas. Así que me acercaba –un poco, nomás- a mis compañeras de suplicio. Estaban las “perfectitas” de panza chata y culo parado que hacían que una se sintiera una bolsa de grasa miserable, las separadas recientes que daban grititos de adolescentes histéricas para llamar la atención de los muchachotes que hacían pesas y las forniditas acomplejadas que ocultaban sus redondeces con prendas cinco talles más grandes de lo necesario.
Me cansé enseguida. Yo no nací para Jane Fonda. Soy más bien una Elizabeth Taylor tercermundista: “Prefiero que me digan que soy amplia, no gorda.”

 INTERNET – CONSEJOS PARA SER FLACA

Internet sirve para todo. Así que, después de mi fallida aventura en el gimnasio, me dediqué a buscar “tips y trucos” para estar flaca (hubiera sido mucho más productivo salir a mover el culo que quedarse atornillada en la silla frente a la computadora, pero en fin…)
Tomar dos litros de agua por día, anotar las calorías que se pretenden consumir para no zafarse, hacer listas de comidas “permitidas” y “prohibidas”, etc., etc.
Algunos “consejos” me desconcertaron bastante:
*Mantente ocupada, busca una afición, cualquier cosa para no pensar en comida. (¿Cómo se hace esto, por Dios? Yo escribo y como, miro la tele y como, lavo la ropa y como, leo y como).
*Sal a la calle con el dinero justo, así no podrás gastarlo en comida. (Siempre salgo a la calle con el dinero justo; es más, vivo con el dinero justo, pero si se me antoja comprarme un alfajor no me para nadie: sacrifico la plata para el bondi y me vuelvo a casa caminando, pero el “Capitán del Espacio” me lo embucho como sea).
*Trata de tener lo mínimo indispensable de comida en tu casa, así, cuando tengas mucha hambre, no encontrarás nada que te apetezca. (Lamentablemente, vivo arriba de la casa de mi mamá, y en el fondo vive mi tío. Cuando no encuentro en mi heladera “nada que me apetezca”, hago un tour por las heladeras ajenas).
*Pon fotos de chicas delgadas en la cocina, así cada vez que tengas hambre recordarás que ellas no comerían. (Mi nivel de locura nunca llegó a tanto; no voy a convertir mi cocina en el dormitorio de un adolescente masturbador ).
*Compra alguna prenda de una talla menor a la tuya, que sea muy cara: así te motivarás para caber en ella. (Esto me lo tendrían que haber “aconsejado” antes de que regalara toda mi ropa de flaca).
Internet sirve para todo y no sirve para nada.

 LA DIETA DE LA LUNA – PANZA CRECIENTE, PANZA MENGUANTE

A esta altura, ya me había convencido de que para adelgazar no bastaba con hacer ejercicio esporádicamente ni con seguir consejos más o menos locos: había que dejar de comer. Así que mi mejor amiga me aconsejó que siguiera la infalible y milagrosa “Dieta de la Luna”. Esta dieta está basada en la teoría de que los líquidos del cuerpo tienden a seguir los ritmos de las mareas,  provocadas  por la influencia del mentado satélite. Por eso hay que realizar un ayuno durante 26 horas a partir del cambio de fase de la Luna, es decir, un día completo más 2 horas. Durante este periodo se debe ayunar y beber abundante líquido.
La cosa, dicha así, parece bastante sencilla. Pero no lo es. Vaya a saber por qué, pero cuando llegaba el momento de la bendita abstinencia, tenía ataques de hambre desesperados. Rompía el ayuno a las dos horas de comenzado, con un caramelito, porque “me había bajado la presión”, y a las seis horas ya me estaba comiendo un sándwich de mortadela. Me proponía que para el próximo cambio de fase lunar me iba a comportar como era debido, pero mis buenas intenciones se iban por la borda en cuanto me empezaba a picar el bagre.
La “Dieta de la Luna” fracasó estrepitosamente y decidí que no iba a martirizarme con ninguna dieta más.

 REDONDITA Y DE RICOTA - ¿QUÉ TIENE DE MALO SER GORDITA?

¿Qué problema hay con ser gordita? Es cierto que la obesidad es una enfermedad, pero no estoy hablando de obesidad, estoy hablando de 4 o 5 kilitos ganados a base de picaditas y vermouth. Y, además, ¿no son enfermas también las mujeres con el cuerpo sin formas, las mejillas hundidas y una palidez cadavérica que nos imponen como modelos absolutos de belleza? A veces me entretengo haciendo zapping (típico en una personalidad ansiosa) y cuando caigo en “Fashion TV” no sé si estoy viendo un desfile de modas o una película de zombies de George Romero.
En tiempos remotos, cuando el hombre aún vivía en las cavernas, el ideal de belleza femenino era la obesidad, que prometía una descendencia numerosa y unas reservas físicas suficientes para aguantar la durísima vida de nuestros ancestros. Era un ideal de belleza que tenía, como verán, sus razones bastante prácticas. ¿Cuáles son las razones del ideal de belleza del siglo XXI? Yo tengo mi teoría, descabellada como todas mis teorías, por supuesto: el mundo de la moda está manejado por gays. Diseñadores, maquilladores, estilistas, todos son gays. Sospecho que, íntimamente, los gays (por lo menos los que se dedican a estas lides) odian a las mujeres. Por eso tienden a suprimir todo lo femenino y promocionan un modelo de hembra andrógina que, sin maquillaje, pasaría tranquilamente por el chico que hace los repartos en Coto.
Para terminar con este tema (porque ya me dio hambre), les dejo unas palabras de Woody Allen, extraídas de su genial artículo “Reflexiones de un sobrealimentado”: “…cuando perdemos diez kilos, querido lector (y supongo que no tienes mis dimensiones), ¡quizás estemos perdiendo los mejores diez kilos que tenemos! Quizás estemos perdiendo los kilos que contienen nuestro genio, nuestra humanidad, nuestro amor y nuestra honradez.”

Seguro que no lo habían pensado.

viernes, 15 de julio de 2011

F.R.I.E.N.D.S


 F.R.I.E.N.D.S

"¡Qué raro y maravilloso es ese fugaz instante en el que nos damos cuenta de que hemos descubierto un amigo."
William Rotsler

A lo largo de cuarenta años de vida improductiva, me he amigado y desamigado con todo tipo de féminas. Cuando me encuentro por la calle con algunas de ellas, me emociono y las abrazo. Cuando me encuentro con las otras, pongo los pies en Polvorosa y huyo precipitadamente, no vaya a ser que quieran reanudar el amigazgo.
Sin dar sus nombres (porque tampoco quiero que me caiga una carta documento) iré desgranando poco a poco este racimo de mujeres con las que tuve el placer de cruzarme y tomarme unos mates, si ustedes me lo permiten.

LA DEPRIMIDA: NI EL TIRO DEL FINAL TE VA A SALIR

Como yo no soy lo que se dice una castañuela, suelo prestar mi hombro para que otras damas desesperadas lo llenen de lágrimas y mocos. Pero todo tiene un límite. La deprimida no veía el vaso medio lleno ni medio vacío: directamente no veía el vaso. Todo era una tragedia griega. Se instalaba en mi casa con su bolsito y unas pocas pilchas para “quedarse a dormir”, pero no pegaba un ojo en toda la noche: lloraba hasta las seis de la mañana. En ese entonces mi hijo era un bebé y en cuanto el pibe se callaba, quería entregarme a los brazos de Morfeo cual si fuera un efebo dorado por el sol de la Polinesia. Pero la deprimida no me dejaba.
-No puedo superar que mi novio me haya dejado -decía entre hipos y gemidos.
-¡Pero tu novio te dejó hace quince años! -contestaba yo, con los ojos entrecerrados y las bolas por el suelo.
-Sí, pero yo lo quiero.
Bueno, yo también quiero a Johnny Depp y no ando rompiéndole las pelotas a nadie porque no lo tengo.
-¿Por qué no vas a bailar? Por ahí enganchás algo –proponía yo, a ver si me la sacaba de encima.
la deprimida iba a bailar, con su cara de bragueta trabada y sus proverbiales ojeras, sólo para volver a instalarse en mi casa con otro puñado de desdichas, porque enganchar, enganchaba (la mina no era fea), pero después de la primera cita los tipos huían despavoridos.
A ésta le di salida por teléfono:
-Mirá, no me llamés más, porque yo tengo muchos problemas (mentira, el único problema que tenía era ella).
Que Dios y la Patria me lo demanden.

LA ABUSADORA: ¡DEVOLVEME LOS DÓLARES QUE TE PRESTÉ!

La abusadora tenía cara de ameba en coma, pero a no engañarse, fornicaba como un conejo (una coneja, bah). Tenía un ramillete de hijos de diferentes padres a los que no les daba demasiada bola, pero que siempre venían detrás de ella cual vagones de un trencito destartalado. Los pibes comían poco, aunque la mina jugaba a la quiniela y fumaba como una chimenea, así que yo, que tengo mi corazoncito, rejuntaba todas las sobras  que podía encontrar en mi casa y en la de mi vieja, las ponía en un tapercito y las guardaba en el freezer para cuando la susodicha apareciera.
Y la mina aparecía a cada rato. A la hora del almuerzo, justamente. Los pibes comían y miraban “Cartoon Network” y la tipa fumaba y hablaba boludeces.
Los designios de Dios son inescrutables, como bien dice el dicho. Un día, la abusadora consiguió a un trasnochado y ¡se casó! Con un bombo de cinco meses, pero se casó (con un vestido futura mamá precioso que era de mi hermana y nunca me devolvió, porque la abusadora no devolvía nunca nada de lo que te pedía prestado).
El marido, la verdad, no era ninguna joyita.
Un día, la abusadors apareció por mi casa y me dijo, muy suelta de cuerpo:
-Mi marido quiere que me devuelvas los dólares que te presté.
-¡Pero vos no me prestaste ningunos dólares!
-No, ya sé. Lo que pasa es que él los tenía ahorrados, yo los encontré y los gasté y, como se dio cuenta de que faltaban, le dije que te los había prestado a vos.
-¡Pero vos estás en pedo! –grité, blanca como un papel y temiendo que el tipo viniera a cagarme a palos a mí por un crimen que no había cometido –Vas y arreglás este quilombo ya. Le decís la verdad a tu marido y por acá no aparecés más.
Pero siguió apareciendo. Y, como yo soy una boluda, siguió sacándome todo lo que pudo.
Un día me cansé y, cuando llamó por teléfono para ver si estaba en casa, obligué a mi vieja, bajo coerción y amenaza, a decirle que nos habíamos peleado y yo me había mudado sin dejar noticias de mi paradero.
¿Quieren creer que todavía sigue llamando a mi mamá para las Fiestas? Qué se yo, será para ver si la invitan y se liga una copa de sidra.

LA  LIGERITA DE CASCOS: MÁS VALE QUE LA USEN LOS CRISTIANOS

La ligerita de cascos me doblaba en edad. Era la mujer de uno de mis empleadores. Para esa época, yo rondaba los 18 y ella, los 40. El marido era un bombonazo, pero al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen. Tenía amantes a montones y siempre estaba tratando de enganchar alguno nuevo, no vaya a ser que se quedara sin stock.
La mina estaba caliente con un camionero que (era vox populi) salía con una vecina mía, también casada. Hacía las mil y una para que el tipo le diera bola, pero nada.
Un día vino contenta como cleptómana en “Harrods” y me dijo:
-Me parece que Susana se peleó con el camionero. Pero no estoy segura. ¿Por qué no me lo averiguás vos? Vas a la casa de Fulana (que era la esposa del patrón del macho en cuestión) y le preguntás si todavía siguen siendo amantes.
Y ahí fui yo, que era Heidi después de una lobotomía, a hacer averiguaciones sobre alcobas ajenas.
De más está decir que la mentada Susana, que también era ligera de cascos pero se arreglaba sus entuertos sola, se enteró de todo y vino a la puerta de mi casa a hacerme un quilombo de aquellos (100 % justificado, lo reconozco).
Si hoy en día alguna pendeja quiere meter la nariz en mi cama, otra que quilombo, la cago a patadas en el culo.

LA HURGADORA: ¿LA TIENE GRANDE O LA TIENE CHICA?

La hurgadora quería saberlo todo. Pero TODO. Tenía una obsesión con el sexo. Yo, puteadota y todo, soy bastante pudorosa y  reacia a dar detalles de mi vida íntima. Pero esta mina era imparable.
Buena chica, no lo niego, pero carecía de ese atributo natural que llaman vergüenza. En cuanto aparecía un hombre nuevo en el horizonte, comenzaba el exhaustivo interrogatorio sexual: “¿La tiene grande o la tiene chica?” “¿Lo hacés parada o acostada?” “¿Te dejás por atrás o no te dejás?”, y otras preguntitas por el estilo.
-Dejate de joder, nena –le decía yo, roja como un tomate.
Pero ella seguía y seguía.
Psicoanalizando a la hurgadora (sin que ella se enterara, claro) llegué a la conclusión que detrás de tantas inquisiciones eróticas, había un almita ávida de aprendizaje. Para muestra basta un botón:
Cierta noche la hurgadora se quedó a dormir en casa (sí, mi casa en una época fue un enorme pijama party). Antes de cenar fuimos al videoclub del barrio, del cual yo era asidua visitante, y elegimos algunas películas para ver cómodamente instaladas en mi hogar, dulce hogar.
-A ver –le dijo al pibe del video- yo quiero una de ésas de allá arriba.
A mí casi me da un soponcio. “Las de allá arriba” eran las porno. “Este pibe va a creer que soy trola”, pensé angustiada.
La cosa terminó así: yo cebando mate a las tres de la mañana, casi dormida sobre la pava, y la hurgadora felizmente prendida a la bombilla, deleitándose con una porno ridícula que era la parodia de “Los Picapiedras” y no calentaba ni a un esquimal.

LA POETA  ULTRACATÓLICA: EL CURA ME DIJO QUE NO

Ésta también me doblaba en edad, tanto es así que, cuando se la presenté a mi vieja, se reconocieron enseguida, porque habían cursado juntas la escuela primaria. Nos conocimos por casualidad y congeniamos muy pronto, dado nuestro compartido amor por la poesía.
Un día, después de mostrarme unos poemas que había escrito, me dijo en tono de confesión:
-Hay un pendejo de 25 años que me tiene loca (ella ya rondaba los 50).
-¿Y…? –pregunté yo, que me prendo en todas las historias de amores y desamores como una garrapata.
-Y, nada. El pibe me da bola –era  una rubia preciosa- pero yo estoy casada.
-¡Pero con tu marido te llevás para el culo!
-Sí, ya sé, pero yo soy católica. Vos sabés que yo soy católica.
-Animate a una cana al aire y dejate de joder –insistía yo cada vez que el tema salía a colación.
Pero no se animó. Se conformó con seguir escribiendo poemas que rondaban siempre sobre sus frustraciones, amorosas y de las otras.

LA SUCIA SIMPÁTICA: USÁ EL CENICERO GRANDE

Esta chica era genial. Simpática, divertida y, lo digo sin temer que ustedes piensen lo mismo que el pibe del videoclub del barrio, muy bonita. Pero tenía una pequeña alergia al jabón y a sus derivados. Y era más desordenada que yo, lo que ya es mucho decir.
La primera vez que fui a la casa, me llevó a su dormitorio, que era un quilombo de ropa sucia y porquerías varias, y yo, fumadora compulsiva como soy, le pedí un cenicero.
-Usá el cenicero grande –me dijo ella alegremente.
-No sé, no lo veo, ¿dónde está el cenicero grande?
-El piso, boluda. Tirá las cenizas en el piso.
Bajé la vista y sí, el piso, además de ser un vertedero, era un cenicero enorme. Había colillas por todos lados.
Cierta noche fuimos a bailar juntas y después del boliche rumbeamos para su hogar.
-Mirá, vamos a dormir un rato –me dijo- Pero fijate por donde pisás, porque la gata tuvo cría debajo de la cama. Y mi abuela, que vino de San Nicolás, puso la jaula con el loro en mi pieza, para que el bicho no tenga frío.
-No, dejá, no tengo sueño. Hago tiempo hasta que sea de día y me voy para mi casa.
En realidad, me moría de sueño. Pero renuncié a la almohada amedrentada por la ropa sucia,  los puchos pisoteados, el loro, la gata y  los gatitos.
La sucia simpática se casó (que siempre hay un roto para un descosido) y nos dejamos de ver. Pero a ésta, si me la encuentro por la calle, la abrazo con mugre y todo.

LA CONCHETA: ¿¿¿¿¿¿VOS USÁS PANTALONES “BY DEEP”??????

La concheta era alta, rubia y tenía un lomo bárbaro. Yo, que no soy un hobbit únicamente porque calzo 36, la miraba con una mezcla de admiración y envidia. Éramos amigas hasta ahí, con algún cafecito de por medio (ésta, gracias a Dios, nunca vino a dormir a mi casa).
Para esa época yo trabajaba en el supermercado y mi sueldo era poco más que lastimoso. Así que me vestía como podía, sin echar mano a las grandes marcas, porque no me daba el cuero. Me había comprado unos pantalones “By Deep” (los de calce perfecto y la publicidad de la mina que mostraba el culo en el ascensor) y andaba muy contenta con ellos, porque, en esa época, yo también tenía lo mío (y lo tenía del tamaño justo, no como ahora que acusa docenas de facturas y toneladas de sándwiches de miga).
Cuando la concheta me vio con el pantaloncito nuevo, no pudo disimular las arcadas.
-¿¿¿¿¿¿¿Vos usás pantalones “By Deep”???????? –me espetó a medio minuto del vómito.
-Y… sí… -dije yo, avergonzada, porque en esa época era más boluda que ahora (con decirles que, cuando llegué a mi casa le arranqué todas las etiquetas al pantalón, para no poner en evidencia su falta de alcurnia).
A partir de ese momento, la relación se enfrió. Yo no daba el target.

LA  PIRADA: HAY UN MUERTO EN EL ROPERO Y OTROS DOS EN LA PISCINA

Mi amiga era una mina buenísima. Pero cada tanto tenía un brote serio de locura. Prendía velas todo el tiempo y aseguraba, sin ningún pudor, que un muerto la perseguía.
-A mí me persiguen varios muertos, -decía yo, haciéndome la cancherita- la mitad de los tipos son unos muertos.
-Vos no me entendés, éste está muerto de verdad. Y me persigue. No sé por qué me persigue. Y por eso todo me sale mal. Por el muerto.
Un día apareció más pálida y nerviosa que de costumbre y me dijo con horror:
-Tengo el muerto en el ropero.
Ah, bueno, esta mina está drogada o fue en la casa de ella donde “Los Abuelos de la Nada” escribieron la letra de “Cosas Mías”.
-¿Cómo sabés que el muerto está en el ropero?
-¡Porque lo vi! Me miró y largó una carcajada. ¿Vos te creés que yo estoy loca? ¡El muerto está ahí!
- Bueno, calmate, vamos a ver qué podemos hacer.
No pudimos hacer nada, porque yo chaleco de fuerza no tenía.
Y la mina siguió viendo muertos hasta que se perdió, vaya a saber uno en qué cementerio.

LA INCONDICIONAL: LLUEVA O TRUENE, CAIGAN RAYOS O CENTELLAS

Ella está. Siempre está. Tiene más quilombos que el barrio de Constitución, pero igual se hace tiempo para que nos tomemos unos mates y nos riamos de casi todas las amigas y ex – amigas que integran esta lista y de todos los pelotudos que se nos cruzaron en el camino a lo largo de 20 bellos años de amistad sincera. La quiero con locura. Y la abrazo cada vez que puedo.

Termino de escribir esto riéndome y llorando. Y citando, cómo no, a Jorge Santayana: "Los amigos son esa parte de la raza humana con la que uno puede ser humano."  

Buenas tardes.

miércoles, 13 de julio de 2011

TEEN ANGEL


TEEN ANGEL

“Nadie es serio a los diecisiete años.” 
Arthur Rimbaud

Cuando yo era una adolescente, me creía terrible, como todos los adolescentes, y en realidad era un pavota. Hacía exactamente lo mismo que hace mi hijo hoy: contestaba, desobedecía y, aunque en general llegaba de la escuela de buen humor, tenía cada tanto copiosos accesos de llanto, que justificaba con la misteriosa frase: “Me siento vacía”. No sé qué carajo quería decir con ese “Me siento vacía”, pero solía  usar esta expresión bastante seguido, ante el jolgorio desatado de mis compañeros de secundario (los varones) que sin dudas pensaban que estaba loca.
Vale recordar que yo fui adolescente en la bendita década del ’80 y, aunque me niego a la máxima vejestoria “Todo tiempo pasado fue mejor”, la cosa era, por lo menos en el medio en el que yo me movía, bastante más light que ahora. No se tomaba tanto y tampoco se armaban tantas roscas a la salida de los boliches. Una discoteca era una discoteca y un cabaret era un cabaret, así que cuando una iba a bailar no corría el riesgo de encontrarse con minas en bolas refregándose contra un caño ni con chabones musculosos, con una media enrollada dentro de sus diminutos slips, sacudiendo la pelvis frenéticamente (muchachos, esto ya lo hizo Elvis en la década del ’50, desatando la histeria de féminas de toda edad, sin necesidad de ponerse en pelotas ni de usar ningún relleno engañoso para que su love gun pareciera más grande).
Yo también tuve 16 años, y 15, y 14. Believe It or Not!

LA AMIGA DEL ALMA: SONT  LES MOTS QUI VONT TRÈS BIEN ENSEMBLE…

Empecé la escuela secundaria en el año 1981. En esa época, uno no podía elegir qué idioma quería estudiar, así que por sorteo me tocó “francés”. La profesora de francés era una gorda enorme con cara amenazante y un espantoso collar de perlas verdes gigantes. Se hacía llamar “madame”, aunque tenía un apellido indiscutiblemente italiano, y, la verdad, nos tenía cagando. Más de una vez me mandó a lavar la cara porque tenía los ojos delineados, me hizo sacar de la cabeza un moño rojo (demasiado “sóviet” para su cerebrito de cerda burguesa) y no me llevó al Teatro Colón porque, el día del paseo, tuve la feliz idea de ir a la escuela en pantalones.
A mi me importaba un carajo el francés, lo único que quería saber era que significaba sont les mots qui vont très bien ensemble”. Así que en la primera clase se lo pregunté. La gorda, en un ataque de deferencia que aún me sorprende, me contestó que la frase en cuestión, traducida al castellano, era “son las palabras que van muy bien juntas”.
La chica que se sentaba adelante mío se dio vuelta y me preguntó:
-¿A vos también te gustan Los Beatles?
-¡¡¡¡Sí!!!! (para esa época y para esa edad, Los Beatles eran una antigüedad, y era raro encontrar a alguien que compartiera mis gustos musicales).
A partir de ese momento fuimos inseparables como culo y calzón. Íbamos juntas para todos lados. Éramos Lennon y McCartney y, naturalmente, después de dos años de ese repulsivo pegoteo tan clásico en los adolescentes, empezaron a surgir los roces.
25 años después nos reencontramos y ahora vamos juntas a los recitales.

EL AMOR PLATÓNICO: I’M  A LOSER

Siempre fui más Lennon que McCartney, pero cuando tenía 14 o 15 años todos los chicos que me gustaban se parecían a Paul. Había un ejército de clones de McCartney caminando por las calles de Avellaneda. Por supuesto, esto era un delirio mío, ninguno se parecía a Paul.
Entre todos estos Beatles truchos, había uno que me gustaba especialmente. Es más, estaba fervientemente enamorada de él, cosa que era vox populi en toda la escuela, porque nunca me caractericé por mi discreción. Publicaba en el diario del colegio empalagosas cartas de amor, obviamente dirigidas a él y conseguí un motivo de llanto mucho más comprensible que “Me siento vacía”.
Este pibe, que era dos años mayor que yo, siempre me ignoró olímpicamente. Todos los tipos y tipejos por los cuales sentí interés se fijaron en mí en algún momento. A los más reacios, les saqué por lo menos uno o dos besos anémicos. Pero Héctor Bonanno (tal era su nombre) jamás me dio ni la hora.
Me curé de este amor platónico (que me duró de los 14 a los 16) cuando conocí a otro flaco que mis ojos delirantes veían parecido a Paul McCartney. El susodicho tampoco se parecía a Paul, pero, por lo menos, era más lindo que el otro.

SIEMPRE REMANDO CONTRA LA CORRIENTE: YOU SAY GOODBYE AND I SAY HELLO…

Una de las características sobresalientes de mi personalidad (característica amplificada  en la época del acné y las hormonas revolucionadas) es llevarle la contra a todo el mundo. “No sé de qué se trata, pero me opongo”, sería una buena máxima para graficar esta manía. Es así como yo escuchaba a Los Beatles en lugar de Lionel Ritchie, me cortaba el cabello como Gina Lollobrigida cuando todas las chicas tenían onda “sauvage”, con pelos largos e inflados (lo gracioso es que ahora uso un peinado ochentoso) y no usaba la palabra “boutique”: decía castizamente “tienda”, para desesperación de varias de mis condiscípulas.
Pero la gran oposición llegó con la Guerra de Malvinas. Y esta vez no fue ni por capricho ni por intentar diferenciarme de los demás. A los 14 años, y a pesar del quilombete que tenía en mi cabeza, ya abrazaba la convicción (que me ha acompañado toda la vida) de que la  violencia no conduce a ningún lugar y de que no hay idea, creencia o reclamo que justifique el derramamiento de una sola gota de sangre.
Mientras nuestros pibes mataban y morían en Malvinas, los pelotudos que vivían en Buenos Aires, lejos, bien lejos del quilombo, estaban exultantes, como si todos ellos hubieran bebido whisky hasta cansarse con el choto de Galtieri.
En la escuela había un repulsivo tufillo a “Mundial 78”. Los pendejos salían al recreo gritando “¡Argentina! ¡Argentina!” como si, en lugar de pelear una guerra, estuviéramos jugando un partido de fútbol. Obviamente, toda esta estupidez me sacaba de las casillas. Discutía todo el tiempo con mi profesora de Historia (una vieja de mil años que siempre andaba munida de un saquito de piel apelmazado, por lo que estábamos convencidos de que se trataba de una versión poco glamorosa de Cruella deVille y de que el tapadito en cuestión había significado el cruel sacrificio de unos cuantos perros). La vieja intentaba convencerme de que todo estaba bien, y tenía la boluda teoría de que yo estaba enamorada de un chico inglés y por eso me oponía a la guerra.
¡¡¡¡¡Esos eran nuestros profesores!!!!!

BRINDO POR MIS AMIGOS: I DON’T WANT TO SPOIL THE PARTY

Como dije más arriba, en la época en la que yo era adolescente, no se bebía tanto como ahora. Lo nuestro era Coca-Cola y juguito de naranja, y, cada tanto, como gran audacia, un trago largo con cuatro gotas de licor.
Pero hubo un cumpleaños de 15 en el que todos los invitados sub 16 nos dedicamos a empinar el codo de una forma escandalosa (en realidad, y, para ser fiel a los sucesos, no tomamos tanto, pero se conjugaron la falta de costumbre y el hecho de que no probamos bocado en toda la noche, porque la comida no nos gustaba, para dar pie al desastre).
Ni siquiera me acuerdo quién me llevó a mi casa. Lo que sí recuerdo es que, cuando ya estaba cómodamente instalada en mi cama, me agarraron unas ganas irrefrenables de vomitar. Y vomité, nomás.
Mi hermana mayor, que en ese entonces compartía el dormitorio conmigo y era una botona insufrible, empezó a gritar, como poseída por Satanás:
-¡¡¡¡¡Esta piba está borracha!!!!!!
Mi vieja se levantó, me sacó de la cama a la rastra y me metió vestida debajo de la ducha. Yo no quería mojarme y le decía: “Ya está, ya está”, cuando en realidad no estaba y seguía tan borracha y tan vomitada como antes.
Una semana entera tuve que soportar la cara de encule de toda mi familia, que ya estaba pergeñando llevarme de prepo a “Alcohólicos Anónimos”.
Vale aclarar que soy correctísima y que, además de ésta, sólo me emborraché dos veces en mi vida (una a los 19, con whisky, y otra a los 32, con champagne). Y que jamás fumé un porro, ni siquiera por curiosidad. A mí, del Rivotril no me sacan. Así que mi psicodelia es absolutamente natural.

CARTAS VAN, CARTAS VIENEN: PLEASE, MR. POSTMAN

Alrededor de los 16 años, mi hermana Silvia y yo contrajimos el vicio de cartearnos con desconocidos. Pusimos un par de avisos en un pasquín de cuarta diciendo que nos interesaba el intercambio epistolar con estrictos fines amistosos. Recibimos millones de cartas (en esa época, sin mail ni chat, todavía se usaba el correo tradicional).
Mamá me dijo: “Podés contestar todas las cartas que quieras. Pero no le escribas a los presos”.
Ya les dije que yo era desobediente. Además, los presos me daban lástima. Estaban tan solos y parecían necesitar tanto de una mano amiga. Así que le contesté a todos los presos que me escribieron, pensando, obviamente, que siempre iban a estar presos y que ninguno iba a aparecer alguna vez por mi casa.
Craso error. Un día tocan el timbre y era “el preso” (me carteé con muchos detenidos, pero a este le quedó “el preso” como mote para toda la vida). Obviamente, obnubilada por la inconsciencia de mis años, lo hice pasar.  Mientras “el preso” contaba anécdotas de preso (incluyendo los delitos bastante serios que lo habían llevado a esa condición) mi vieja me puteaba por lo bajo y me amenazaba con darme la paliza de mi vida.
“El preso” volvió con su mamá cerca de Navidad. La señora, pobre, nos trajo pan dulce casero y unos chalecos que nos había tejido. Estaba muy agradecida por lo que yo había hecho por su hijo. Me dio mucha ternura.
“El preso” nunca volvió a aparecer. Para mí que cayó en cana otra vez.

AMONESTACIONES: SHE CAME IN THROUGH THE BATHROOM WINDOW

A los 16 años ya estaba repodrida de la escuela. Si bien había materias en las que me destacaba (Literatura, Geografía, Historia), había otras que aborrecía con toda mi alma. Además, no entendía nada. Y me preguntaba todo el tiempo: “¿Para qué tanto teorema al pedo? ¿Quién fue el boludo que tuvo la ocurrencia de mezclar letras y números e inventar estas ecuaciones de mierda?”
Y era muy vaga. Hacía mis trabajos de Mecanografía (cuando los hacía) mirando “Pelito” o “Clave de sol” y dándole al teclado con un solo dedo (cosa que sigo haciendo hasta el día de hoy con el teclado de la compu).
Cierta vez, el profesor de Mecanografía, un viejo loco que nos amenazaba todo el tiempo (“Te reís, te reís, pero vas a llorar. Porque te mando a la lo-na”) anunció que iba a visar las carpetas. Como mi carpeta estaba escandalosamente incompleta, opté por obviar el visado y me escondí en el baño. Ahí me encontró la Jefa de Preceptores (una vieja un tanto amarga que tenía el  pelo azul mucho antes que Marge Simpson y era la amante de un profesor de Contabilidad más amargo que ella). Y me ¡puso diez amonestaciones! Sólo por encerrarme en el baño en la hora de Mecanografía. Ni siquiera estaba fumando (porque en esa época, obviamente, no fumaba).
A veces pienso en lo exagerado del castigo y no lo puedo creer. Con el criterio punitivo que su utilizaba en esa época, los pibes de hoy estarían de patitas en la calle a los dos días de haber comenzado el ciclo lectivo.

ESCANDALETES: THE FOOL ON THE HILL

Loquita fui siempre. Algunas veces me he puesto violenta, pero sólo porque me provocaron. A los 17 tenía un noviecito que, un domingo, después de discutir acaloradamente conmigo por teléfono, se fue a bailar muy suelto de cuerpo. También yo me fui a bailar y, ¡oh, casualidad! al mismo lugar.
Ahí lo encontré prendido como una sopapa de la trompa de una señorita. Enajenada y absolutamente ofendida porque no se había cortado las venas con una Criollita húmeda después de reñir conmigo, me interpuse entre los dos tórtolos y golpeé sin piedad al traicionero. Un horror.
A otro, que, después de haber tenido un “tête-à-tête” conmigo, apareció con su “novia oficial” le hice un quilombete en la puerta de la casa, secundada siempre por mi hermana Silvia que, pobre, se comió cada garrón.
Otro escandalete memorable (que no tuvo que ver con pantalones) fue el que hice un domingo en el boliche del que era “habitué”. Silvia y yo habíamos ido a bailar con un par de amigas en un autito de esos que tienen asiento rebatible. Yo estaba sentada atrás y, cuando me disponía a bajar del auto, la pelotuda que estaba adelante y que ya había bajado, soltó el respaldo del asiento que fue justo a parar en medio de mi cara.
-No tenés nada, no tenés nada.-dijeron todas, temiendo que les cagara la noche de baile.
Y ahí fui yo, creyendo que no tenía nada, hasta que entré al baño y me vi en el espejo. Jack La Motta, al lado mío, era Claudia Schiffer. Tenía la cara hinchada y un ojo absolutamente negro. Empecé a los gritos y mi hermana me tuvo que sacar del boliche para que no rompiera todo.
Los otros escandaletes los hice de grande. Así que no caben en esta crónica.

Como ven, me creía terrible pero, en realidad, era la Novicia Rebelde. Cualquier mocosa de hoy en día me hubiera dado vuelta como un guante.
Yo también tuve 16 años. 
A veces me gustaría volver a tenerlos. 

Para cortarme el pelo como Cyndi Lauper y teñírmelo de naranja furioso.